Aunque los anuncios oficiales no comenzarán hasta el 04 de Octubre, al igual que ocurre con otro tipo de galardones como los Oscars en el cine, los Premios Nobel también tienen sus quinielas.
Y como cada año la unidad científica de Thompson Reuters lanza sus predicciones. Puede parecer algo arriesgado pero viendo su historial de aciertos en ediciones anteriores, creo que al menos deberíamos darles el beneficio de la duda.
En su web puedes comprobar cuáles son sus apuestas para este año en las categorías de Química, Economía, Medicina y Física. Desgraciadamente, entre estas quinielas, no aparece ningún español, aunque nunca se sabe y quizá con algo de suerte Juan Ignacio Cirac pueda colarse con sus investigaciones sobre computación y óptica cuántica.
Es un tema muy de moda, en especial ahora que últimamente las pantallas planas de gran tamaño no tienen unos precios tan prohibitivos como antes. Tenemos una oferta amplia de televisores, y además de las preferencias personales, hay una serie de factores a tener en cuenta antes de comprar una televisión.
Navegando por internet uno puede encontrar bastante información sobre el tema, tablas y fórmulas que nos ofrecen el tamaño indicado en función de la distancia entre el espectador y la televisión. Curiosamente, si uno intenta indagar en qué se basan para hacer esas recomendaciones, la búsqueda se vuelve más problemática. Explican, de forma bastante ambigua, que un televisor demasiado grande para una distancia dada, fatiga la vista. Pero no explican en qué se basan para dar esas cifras concretas, si han realizado algún estudio en personas, o en base a algún modelo teórico.
También es cierto que estas recomendaciones proceden habitualmente de las mismas empresas que fabrican los televisores, con lo cual debemos entender que la imparcialidad está a priori comprometida.
Bueno, ¿y la ciencia tiene algo que decir al respecto? ¿La comodidad o el disconfort que puede producir una televisión demasiado grande (o demasiado pequeña, que también puede ocurrir) es algo totalmente variable y subjetivo, o podemos basarnos en pautas objetivas para hacer recomendaciones?.
Por suerte, con un poco de pensamiento racional y basándonos en lo que sabemos del sistema visual, podemos decir algo al respecto. Una persona que está viendo la televisión (encendida, por definir claramente las condiciones iniciales) puede percibir fatiga visual por diferentes motivos, que vamos a ir analizando. Leer más »
Las verdades de la religión son universales y eternas. Y sin embargo las explicaciones científicas, lo que podríamos llamar las doctrinas de la ciencia, cambian con el tiempo. Esto, más que ninguna otra cosa, separa a las religiones del mundo del conocimiento científico: la absoluta certeza del conocimiento religioso frente a la absoluta falta de certeza del conocimiento científico. Más que la existencia o no de un dios creador que se interesa por cada uno de nosotros, más que la duda sobre si todo lo que ocurre tiene o no sentido, la ciencia es radicalmente distinta de la religión porque duda constantemente. Mientras que todas las religiones se basan en la absoluta certeza, incluso hasta renunciar a la lógica, incluso hasta creer sin necesidad de (o en contra de) las pruebas.
La religión es una explicación sencilla y completa de la existencia y funcionamiento del Universo que proporciona a quien de verdad tiene fe en ella la confortadora noción de comprender todo lo que ha pasado, pasa y pasará. Todo se basa en el plan y en la voluntad de una deidad, y para explicar las veleidades del destino humano hay que hacer encaje de bolillos teológico con conceptos como el libre albedrío, la predestinación, la omnisciencia y la omnipotencia: en última instancia, un interesante ejercicio cerebral, en el que lo único que no cabe es la duda. El Universo tiene una explicación, y esa explicación, causa, creador y cuidador es un dios. Punto. Después, cada religión tiene un (normalmente único) libro sagrado con las instrucciones que esa deidad ha dejado a los humanos. Las instrucciones (y su interpretación) pueden variar con el tiempo; el libro jamás lo hace, y la preexistente certeza en que es la Palabra del dios tampoco. Las religiones son el reino de la absoluta certeza. Leer más »
Todos hemos visto las señales de prohibición del uso de teléfonos móviles en las estaciones de servicio. Incluso hemos recibido correos electrónicos con videos e imágenes de incendios o explosiones provocados por el supuesto uso del teléfono al repostar.
Pero, ¿hay un riesgo real?
Si hablamos de explosiones o incendios, la respuesta es que no.
Las explosiones a las que se refiere este mito son explosiones químicas producidas a partir de una reacción de combustión de carácter exotérmico. Se trata de una combustión rápida que genera gases calientes que se expansionan, dando lugar a una onda de presión (onda aérea) y a un frente de llama que se propaga rápidamente.
Realmente cuando empleamos el término explosión para el caso que nos ocupa, nos estamos refiriendo a una deflagración, ya que la velocidad lineal de avance de la reacción (frente de llama) es inferior a la velocidad del sonido, y la onda de presión generada avanza por delante del frente de llama o zona de reacción.
Para que se produzca una deflagración es necesaria la presencia de un producto combustible mezclado con un comburente -dentro de unos límites de explosividad-, y de una fuente de ignición. Es el clásico triángulo del fuego que todos conocemos (realmente es un tetraedro, pero hoy lo simplificamos en aras de una mejor comprensión)
Para que ocurra un fuego o una deflagración, necesitamos completar los tres elementos del triángulo. En las gasolineras tenemos el combustible (los vapores de los carburantes), un comburente (el oxígeno del aire) y faltaría la fuente de ignición como parámetro que pueda ocasionar la deflagración para cerrar el triángulo del fuego. Leer más »
Recordando una conversación con un amigo físico de mis tiempos de foros y, dándole un repaso a las razones por las cuáles los americanos consiguieron adelantarse a los rusos en la carrera a la luna, me viene a la memoria un documento que el presidente John Fitzgerald Kennedy pasó a su vicepresidente y subordinados en 1961.
En aquellos años de guerra fría y feroz competencia, los objetivos debían definirse perfectamente, no tenía cabida la indecisión. Había una intención directa, se tenían claros los motivos y todas las ganas, todo el esfuerzo, todos los recursos posibles se pusieron en marcha para conseguir una meta común.
Este era el Memorandum que el 20 de abril de 1961, el presidente Kennedy redactó para su equipo de gobierno.
Decía Quevedo que el de Vizconde era un Título crepúsculo entre dos luces, si titulece, si no titulece (y no dijo mucho más, que once de los catorce versos del soneto son en realidad de su editor y amigo González de Salas). Evidentemente, los que hemos obtenido estos días el título (o los títulos) de homeopatía expedidos nada menos que por Boiron, la mayor industria homeopática del mundo, no pensamos eso: los diplomas no valen ni el papel en el que están impresos. Y eso, teniendo en cuenta que la mayoría ni siquiera los hemos impreso.
Pero claro, esa es la opinión de los escépticos. Para los homeópatas la cosa cambia, y salvo algún que otro cabreo (más motivado por el hecho de que nos tomemos lo del título a pitorreo que por otra cosa), el título debería tener tanta legitimidad como el que más.
Esta cámara bañada por la luz azul se encuentra enterrada bajo el hielo de la Antártida, en las instalaciones del proyecto WAIS Divide. La luz que penetra desde la superficie permite distinguir las distintas capas de nieve y hielo de cada estación: los sucesivos veranos e inviernos quedan imprimidos aquí como en una especie de libro de registro, con la particularidad de que, a medida que bajamos en profundidad, las capas se van comprimiendo y muestran los secretos del pasado más remoto de nuestro planeta.
Como explicaba el periodista Lee Hotz en un reciente TED Talk, los científicos eligieron este emplazamiento porque “la nieve y el hielo se acumulan aquí diez veces más rápido que en cualquier otro lugar de la Antártida”, hasta el punto de que los miembros del equipo deben cavar en la nieve para salir a la superficie cada día. Su trabajo consiste en mantener a punto una máquina perforadora de 8 millones de dólares que extrae cada día una decena de cilindros de hielo comprimido de las profundidades, una muestra de lo que pasó en nuestra atmósfera en los últimos 15.000 años.
Si queréis comprender mejor el trabajo que están haciendo en este complejo, no dejéis de ver la charla de Lee Hotz (podéis activar los subtítulos en castellano) en la que explica cómo estos cilindros de hielo atraviesas trópicos y desiertos de todo el mundo para ser analizados y ofrecernos datos sobre cómo ha evolucionado la presencia de gases de efecto invernadero en nuestra atmósfera en los últimos 100.000 años. Cada fina lámina de hielo extraída de allí abajo es como la página de un libro de nuestro pasado, repleto de información sobre las tormentas, los incendios o las variaciones climáticas que sufrió el planeta. Y ahora estamos aprendiendo a leer:
En este otro vídeo de Current, un poco más largo, podéis ver a Kendrick Taylor, el responsable de las instalaciones, mostrando los secretos de la perforadora.
El 2 de septiembre de 1859 el Southern Cross, un clipper de tres mástiles y 170 pies, se enfrentaba a un tremendo temporal frente a las costas de Chile. El granizo y las olas no daban tregua a los esforzados marineros que intentaban capear el temporal.
Tras varias horas de pesadilla, cuando la tormenta amainó, los marineros observaron con horror que estaban navegando en un océano de sangre. Al levantar la vista descubrieron la razón, a través de las nubes podía verse que todo el cielo estaba bañado de rojo. Leer más »
En la revista Primates, los investigadores nipones Gaku Ohashi (Centro Nipón para Monos de Inuyama) y Tesuro Matuzawa (Instituto de Investigación de Primates de la Universidad de Kyoto) acaban de publicar un interesante documento sobre un comportamiento recién descubierto en chimpancés que viven en estado salvaje.
Ambos primatólogos descubrieron a un grupo de cinco chimpancés jóvenes en Bossou (Guinea) desmontando con éxito las trampas colocadas por cazadores humanos. Estos furtivos, especializados en el comercio de carne de animales salvajes, no buscan cazar chimpancés, aunque en múltiples ocasiones estos primates acaban siendo la víctima equivocada.
Pero este grupo en concreto (aunque en el trabajo se mencionan solo a cinco jóvenes machos “desactivadores”) de algún modo ha logrado que el índice de heridos por cepos humanos en su población sea mucho menor al que se da en otros grupos ubicados en diferentes partes de África.
Curiosamente, el comportamiento de estos chimpancés parece indicar que conocen el funcionamiento de las trampas, generalmente consistentes en un lazo de cable de hierro conectado mediante una liana a un árbol joven cercano. Cuando los jóvenes primates querían estropear los cepos, asían el palo con sus manos y lo meneaban hasta que la trampa se rompía. Otras veces, los chimpancés golpeaban el árbol antes de intentar romper el palo. Fuera como fuera, en todos los casos los chimpancés intentaban evitar tocar el lazo de cable, por lo que aparentemente sabían que esa era la parte peligrosa.
En el trabajo original puede leerse:
La desactivación de trampas por parte de chimpancés no ha sido observada en otros estudios. Esto supone un misterio, porque las heridas producidas por las trampas de los furtivos continúan siendo un problema que amenaza a las poblaciones de animales de toda África. Una posible explicación para este suceso en Bossou es la larga historia compartida en la zona entre chimpancés y humanos; ambas especies han coexistido durante mucho tiempo allí por lo que es probable que la larga exposición a los cepos hayan permitido a los chimpancés aprender acerca de los peligros que implican, y posiblemente aprender también a interactuar con ellas de forma segura hasta lograr finalmente desactivarlas.
El físico estadounidense Alan Sokal estaba harto de leer a filósofos posmodernos que se apoyaban en conceptos de las ciencias sacados de contexto para revestirse de autoridad. Así que en 1996 pasó a la acción y se rió de los causantes de sus cabreos intelectuales: le coló a una de sus revistas favoritas un artículo carente de sentido pero con mucha palabrería cuántica. Seis años después, muchos creyeron que los hermanos franceses Igor y Grichka Bogdanov estaban haciendo, a la manera de Sokal, su propia guerrilla a la Física. Estos dos showmen televisivos lograron publicar sus artículos –sin pies ni cabeza– sobre una nueva cosmología en revistas científicas de alto impacto. En el escándalo Sokal quedaron en entredicho las ciencias sociales, en el Bogdanov, fue la Física la que se sonrojó. Y en ambos casos, ganó la palabrería.
Sokal no soportaba más los discursos de algunos postmodernistas que defendían un relativismo según el cual la ciencia no tiene mayor autoridad que otras tradiciones culturales para interpretar el mundo que nos rodea. Pero a su vez, muchos de esos pensadores incorporaban a sus argumentos toneladas de terminología científica sin ton ni son. Éste es el caso de los seguidores del francés Jacques Lacan, que reinterpretó el psicoanálisis introduciendo en su teoría todo el lenguaje matemático que pudo –tanto es así, que resulta difícil entenderlo–.
Un día, Sokal decidió ponerles a prueba y preparó una travesura intelectual. Escribió un artículo vacío de sentido y lo envió a Social Text, una prestigiosa revista de ciencias sociales. Su escrito sugería que los últimos avances de la física cuántica probaban aspectos del psicoanálisis lacaniano. Suena estrambótico, pero él estaba convencido de que sería bien sencillo colarles su ripioso texto con tal de que cumpliera dos condiciones “a) que sonara bien, y b) que apoyara los preconceptos ideológicos de los editores”. El caramelo envenenado rezumaba erudición en cada palabra de su título: Transgrediendo los límites: Hacia una hermenéutica transformadora de la gravedad cuántica, y según el autor, no era más que “un pastiche de jerga postmodernista, reseñas aduladoras, citas grandilocuentes y rotundo sinsentido”, que se “apoyaba en las citas más estúpidas que había podido encontrar sobre matemáticas y física”.
El mismo día de 1996 en que Social Text publicaba el disparate –sin haberlo sometido a la revisión de ningún físico–, Sokal se quitaba la máscara declarando en otra revista, Lingua Franca, que todo había sido un experimento, una broma, una macarrada intelectual. Leer más »