Artículos de Uhandrea

Juan Ignacio PérezJuan Ignacio Pérez | http://www.blogseitb.com/cienciayhumanismo/ | @uhandrea

Juan Ignacio Pérez es catedrático de Fisiología e investigó en biología de animales marinos durante las últimas dos décadas del milenio anterior. Ya en este milenio, trabajó de rector de la Universidad del País Vasco (2004-2009) y desde entonces, para divertirse y hacer algo útil, escribe historias de seres humanos y de otros animales en varios sitios. También habla de animales en la radio. Y ahora, como se aburría, se ocupa de la Cátedra de Cultura Científica de su universidad.

Trinos de aves y evolución

Paseriformes

Todo el mundo sabe que cada especie de pájaro canta de un modo diferente; cada una tiene su propio canto. Lo que no es tan conocido es que dentro de una misma especie hay o puede haber diferentes dialectos. Son verdaderos dialectos, por no decir que son lenguas; surgen por diversificación, se transforman, y pueden llegar a desaparecer.

Y lo que sospecho que muy poca gente sabe es que los cantos de los pájaros se estudian hoy con herramientas propias de la lingüística y que para analizarlos se utilizan conceptos tales como lengua, gramática, sintaxis, sílaba, etc.

Además de en el campo de la lingüística, los cantos de las aves también se estudian en el de la biología evolutiva.

En las aves, el canto, como el plumaje, es un rasgo que permite identificar a los individuos de una especie, y puede por ello erigirse en barrera reproductiva. Por esa razón, es posible que la diversificación en el canto de las aves, con la consiguiente aparición de distintas variedades o dialectos, haya constituido un factor de especiación.

Hay aves en las que el canto se transmite genéticamente; esto ocurre en la mayoría de las que no pertenecen al orden Passeriformes y dentro de las paseriformes, en los llamados pájaros clamadores (suborden Tyranni o suboscinas). Y en otras, como pájaros cantores (paseriformes del suborden Passeri u oscinas), colibríes, y loros (cacatúas y papagayos), la transmisión tiene una gran componente cultural. El canto de estas aves es, de hecho, el elemento cultural más estudiado en el mundo animal.

El modo de transmisión del canto tiene implicaciones muy importantes. La transmisión cultural está sometida a muchos errores e imprecisiones; también es fácil que se incorporen nuevos elementos en el aprendizaje. Por esas razones, las variaciones o “mutaciones” originadas en la transmisión cultural son mucho más frecuentes que las originadas en la transmisión hereditaria de base genética. Y por todo ello se cree que el canto de los pájaros ha evolucionado más rápidamente en las especies que lo aprenden. Es más, la gran diversidad de especies de pájaros cantores podría deberse a ese hecho. Si la diversificación “lingüística” constituye un factor de especiación y si esa diversificación ocurre con más facilidad en las especies que aprenden el canto, como las oscinas, es lógico que en este grupo haya aparecido un mayor número de especies.

Un estudio reciente ha analizado las tasas de evolución de los cantos de los pájaros cantores (paseriformes oscinas) y de los pájaros clamadores (paseriformes suboscinas) a lo largo del continente americano. Y ha concluido que la latitud ha ejercido un efecto muy importante sobre la evolución de la diversidad silábica en los pájaros cantores, y un efecto más débil sobre la de la longitud del canto en ambos, cantores y clamadores.

Los autores piensan que la diversidad silábica de las suboscinas está muy constreñida por su modo de transmisión y porque rara vez un pájaro emite más de dos sílabas por canto (la media es 1’8+0’08). Las posibilidades de variación son así muy limitadas, ya que es muy improbable que con ese modo de transmisión se incorporen sílabas nuevas, por lo que esa introducción habría ocurrido muy lentamente. Sin embargo, las oscinas utilizan una media de 3’3 (+0’21) sílabas por canto, y dado que el aprendizaje es fundamental en la transmisión, es mucho más probable que varíe la diversidad silábica en estas. La longitud del canto es un asunto diferente, ya que para modificarla solo hace falta combinar de modo diferente las sílabas existentes. Por esa razón habrían evolucionado del mismo modo en los pájaros de los dos subórdenes.

Existe un claro gradiente latitudinal en la diversidad de especies. La zona ecuatorial es la de mayor riqueza, y conforme nos alejamos hacia el norte o hacia el sur esa riqueza diminuye. Una explicación muy aceptada de ese gradiente latitudinal es que la tasa de cambio de los caracteres que más efecto tienen en los procesos de especiación es mayor en los trópicos, y uno de esos caracteres son las señales sonoras que emiten los animales; el canto de los pájaros es una de esas señales. Ya he apuntado antes que el canto puede tener una gran importancia como factor de especiación, dado que puede erigirse en barrera reproductiva si se produce una diversificación muy acusada. Por ello, el resultado obtenido en este trabajo contradice esa noción que liga la mayor diversidad con una mayor tasa de evolución. Los autores del trabajo ofrecen diferentes hipótesis para explicar la discrepancia, pero me ha parecido especialmente sugestiva una según la cual, en las zonas alejadas del Ecuador las tasas de evolución habrían sido más rápidas pero también lo habrían sido las tasas de extinción, por efecto de unas condiciones ambientales más exigentes. Por ello, la diversidad específica se habría mantenido baja, aunque en esas zonas hayan surgido más especies que en los trópicos.

Fuentes:

De esta historia: Jason T. Weir y David Wheatcroft (2011): “A latitudinal gradient in rates of evolution of avian syllable diversity and song length” Proceedings of the Royal Society B 278: 1713-1720.

Para quien esté interesado en la lingüística de los cantos de las aves: Robert C. Berwick, Kazuo Okanoya, Gabriel J. L. Beckers y Johan J. Bolhuis (2011): “Songs to syntax; the linguistics of birdsong” Trends in Cognitive Sciences 15: 113-121.

Los derechos de los animales

Elefante Tusko

Hace unos meses escribí la triste historia del elefante Tusko. La historia es triste porque cuenta cómo, en el marco de una investigación, le fue suministrada a un elefante una sobredosis de LSD y cómo de resultas de aquella sobredosis, el pobre elefante murió tras sufrir un colapso. Varias personas se dirigieron a mí para manifestar su disgusto y rechazo para con ese tipo de investigaciones, y ya de paso, para ponernos de chupa de dómine a todos los que investigamos con animales.

La historia del elefante Tusko también es triste porque, ciertamente, sus protagonistas debieran haber tenido más cuidado con lo que hacían, si bien cabe esgrimir en su defensa que aquel experimento se desarrolló hace ya cincuenta años. Medio siglo atrás sabían mucho menos que lo que sabemos hoy y lo que es más importante, no había la sensibilidad que hoy tenemos para con el sufrimiento animal. Leer más »

Cada vez más gordos

Rata obesa | Imagen vía: Pavlov's Ape

No es difícil ver por la calle perros demasiado gordos. Me refiero a mascotas obesas, algunas de las cuales tienen dificultades para moverse. Me suelen dar lástima esas mascotas. Pienso en sus dueños, en el poco cuidado que ponen en el estado de salud del pobre perro. Quizás les dan demasiado de comer, o quizás no los sacan a correr y a pasear tanto como debieran.

Pero quizás debiera empezar a pensar de otra manera, porque resulta que es posible que la culpa del sobrepeso no la tengan los dueños, o al menos no del todo.

Todos sabemos que la obesidad es una epidemia que ha venido creciendo de manera imparable en los países occidentales durante las últimas décadas. Escenas que antes solo se veían en los Estados Unidos las vemos en Europa, entre nosotros, cada vez en mayor medida. Y si bien es cierto que se ha responsabilizado a los hábitos alimenticios y a la escasa actividad física de ese estado de cosas, también lo es que se trata de un fenómeno que no acaba de comprenderse suficientemente bien.

Por esa razón, hay quien se ha planteado la posibilidad de que, además de la dieta y la actividad física, otros factores estén también ejerciendo algún efecto en ese fenómeno. Y si ello así fuera, podría ocurrir que ese o esos factores también estuvieran teniendo el mismo o similar efecto en otras especies de mamíferos cuyo modo de vida está muy relacionado con el nuestro. Leer más »

Sangre caliente para comer

Mosquito <em>Aedes Aegypti</em> | Imagen: James Gathany (Flickr)

Cuando un mosquito, -como por ejemplo Aedes aegypti, el que transmite la fiebre amarilla y el dengue-, pica a alguien y chupa su sangre, su temperatura corporal pasa en medio minuto de 22 a 32 ºC, un valor próximo a la temperatura corporal de los mamíferos. A otros mosquitos hematófagos, como Culex pipiens y Anopheles gambiae les ocurre lo mismo, así como a la chinche (Cimes lectularius).

Los mosquitos son animales ectotermos, esto es, la principal fuente de calor de un mosquito no es su propia actividad metabólica, sino el entorno. No son capaces de regular su temperatura interna, por lo que es muy similar a la temperatura ambiental.

Normalmente, las células y sistemas de este tipo de animales funcionan “bien” en un determinado intervalo de temperaturas, no demasiado amplio. Y si la temperatura varía, tampoco es extraño que compensen los efectos potencialmente negativos de esa variación mediante algún mecanismo de base enzimática.

No obstante, ese tipo de compensaciones o ajustes son eficaces cuando el cambio térmico no es demasiado amplio o demasiado rápido. A lo largo de un día, por ejemplo, pueden producirse variaciones de unos 10 o 15 ºC con relativa facilidad, pero esos cambios cursan en horas y existe margen temporal suficiente para que puedan producirse los ajustes metabólicos precisos para que no supongan un problema. Sin embargo, una subida del orden de 10 ºC en medio minuto es demasiado rápida, y no da margen para que actúen los mecanismos compensatorios habituales. Por ello, lo esperable, al elevarse su temperatura corporal de una forma tan abrupta, es que el mosquito experimentase algún efecto negativo. Y sin embargo, no ocurre tal cosa. Leer más »

Ese modesto péptido

Suricata | Suricata suricatta

La suricata (Suricata suricatta) es una mangosta. Su nombre, que proviene del suahili, significa “gato de roca”. Es de pequeño tamaño y habita en las zonas áridas y abiertas del sur de África. Es un mamífero social. Forma grupos de hasta 50 individuos en los que una pareja de adultos dominantes son los principales reproductores. Los demás adultos proporcionan apoyo en el cuidado y alimentación de las crías y les enseñan a tomar decisiones de alimentación correctas. Además, cooperan en las tareas de vigilancia del grupo y excavan hondonadas para dormir o para protegerse del sol. Y en todas estas tareas, la oxitocina desempeña una función esencial.

La oxitocina es una interesante hormona. Cuando un bebé humano succiona el pezón materno, se libera al torrente circulatorio desde la neurohipófisis, y actúa provocando la secreción de leche y su conducción hasta la cámara desde donde la extrae el bebé al succionar. Otro de sus efectos consiste en estimular las contracciones uterinas antes y durante el parto; por esa razón en ocasiones se recurre al suminstro de oxitocina por vía introvenosa a la parturienta cuando, por las razones que sea, se pretende provocar el parto.

Pero resulta que, además de cómo hormona, la oxitocina también actúa como neurotransmisor cerebral. Los neurotransmisores son mensajeros químicos que transmiten información de una neurona a otra o de una neurona a una célula muscular. No es en absoluto sorprendente que una misma sustancia pueda actuar como neurotransmisor o como hormona, ya que ambas funciones son, en lo esencial, la misma: transmitir información.

Las vías neuronales en las que participa la oxitocina están relacionadas con los vínculos y las relaciones sociales y afectivas. La inhalación nasal de oxitocina aumenta la capacidad para inferir el estado emocional de las otras personas y también aumenta la confianza en los otros. Las personas con elevada actividad en los sistemas neuronales basados en ese neurotransmisor tienden a ser personas imaginativas, empáticas e igualitarias, y tienden a poseer habilidades sociales. La oxitocina está implicada en el establecimiento de vínculos entre individuos en diferentes contextos (relación de pareja, madre e hijo y otras) y sus niveles corporales se elevan en respuesta a caricias o voces reconfortantes. Pero además de lo anterior, también tiene lo que podríamos considerar un “lado oscuro”, puesto que, a la vez que promueve la cooperación y apoyo a los miembros del propio grupo, favorece el comportamiento agresivo de defensa frente a los de otros grupos. En otras palabras, la oxitocina es responsable del comportamiento etnocéntrico.

La oxitocina no es un neurotransmisor o una hormona exclusiva de los seres humanos. Forma parte de la dotación de mensajeros químicos de todos los mamíferos y, más aún, todos los vertebrados cuentan con alguna variedad de oxitocina (nonapéptido de composición similar) que cumple funciones relacionadas con la reproducción.

En un experimento cuyas conclusiones se han publicado recientemente, se ha estudiado el efecto que causa el suministro periférico de oxitocina en los comportamientos cooperativos de las suricatas. Los investigadores utilizaron grupos de individuos de esta especie porque son cooperativos y porque se prestan especialmente bien a este tipo de experimentos: toleran con facilidad el contacto con seres humanos y no se resienten en absoluto al ser pinchadas. Es, pues, un modelo experimental excelente en estos estudios.

A tenor de los resultados obtenidos, el suministro de oxitocina acentúa todos los comportamientos cooperativos. Las suricatas a las que se les había inyectado la hormona, por comparación con las que habían recibido una dosis de solución salina, mostraron mayor generosidad al alimentar a las crías; también dedicaron más tiempo a las tareas de vigilancia y a la excavación de hondonadas para dormir y protegerse del sol, y redujeron las agresiones a las otras suricatas adultas del grupo.

Así pues, está claro que la oxitocina modula ese tipo de comportamientos “prosociales” y lo hace además sobre el conjunto de ellos. Se trata, como señalan los autores del trabajo, de un único “síndrome” con una base común. Y muy probablemente, el carácter de “síndrome común” de los comportamientos modulados por la oxitocina tiene carácter general en el conjunto de los mamíferos sociales.

La investigación con las suricatas no dilucida el modo de acción de la oxitocina. Los investigadores suministraban dosis periféricas mediante inyecciones y esas dosis surtían sus efectos en forma de comportamientos que, al fin y al cabo, son productos del encéfalo. Por esa razón, no sabemos si parte de la oxitocina inyectada cruzaba la barrera hematoencefálica, -que es la que separa el encéfalo del sistema circulatorio general-, o si, por el contrario, se unía a receptores periféricos que acababan incidiendo, -por vía nerviosa-, en el sistema nervioso central.

Un último aspecto de interés es el relativo a las contrapartidas que sufrieron los individos sometidos al tratamiento experimental. Porque además de los efectos sobre el comportamiento prosocial, la oxitocina también provocó otros efectos no tan deseables. Los individuos inyectados con la hormona redujeron el tiempo destinado a buscar alimento y, como resultado, comieron menos que los inyectados con solución salina. Así pues, el comportamiento colaborativo, si bien es bueno para el grupo, no lo es tanto para el individuo. Por eso, es de suponer que en condiciones naturales, las dos componentes han de estar suficientemente compensadas. Esto es, deben estar equilibrados el comportamiento en beneficio propio (búsqueda de alimento) con el comportamiento colaborativo. Y en ese equilibrio la oxitocina juega, seguramente, un papel determinante. Pero esa es la oxitocina endógena, aquella cuya síntesis, liberación y recepción, son la consecuencia de la dotación genética de los individuos, así como de las experiencias previas a lo largo de la vida.

Los seres humanos no somos, seguramente, tan diferentes de las suricatas en estos aspectos de la fisiología neuroendocrina y el comportamiento dependiente de aquélla. Así pues, cada vez que experimentemos impulsos de colaboración con nuestros semejantes, debemos pensar que parte de la culpa la tiene ese péptido que, aunque modesto en su formulación, surte efectos fisiológicos de gran importancia.

John R. Madden y Tim H. Clutton-Brock (2011): “Experimental peripheral administration of oxytocin elevates a suite of cooperative behaviours in a wild social mammal” Proceedings of the Royal Society B 278: 1189-1194

Éxito coyote

Canis latrans | Wikicommons

Los coyotes (Canis latrans) son cánidos que habitan en Norteamérica y Centroamérica. Surgieron en el Pleistoceno (hace unos 1’8 millones de años) en esa zona, donde evolucionaron junto con otro cánido ya extinguido, Canis dirus (lobo gigante o lobo terrible). El coyote es pariente próximo del lobo (Canis lupus), aunque éste es originario de Eurasia.

Los coyotes son de menor tamaño que los lobos. Esa diferencia de tamaño condiciona, seguramente, la especialización alimenticia de cada epecie. Los coyotes son depredadores de presas pequeñas, mientras que los lobos prefieren grandes presas y cuando pueden las abaten. Al contrario que los lobos, los coyotes han tenido bastante éxito tras la llegada de los europeos a Norteamérica. Es, de hecho, una especie en expansión, y eso a pesar de que ha estado fuertemente perseguida. La razón de su éxito es, al parecer, que es muy hábil atacando pequeños animales domésticos y que ha sido capaz de explotar con cierto éxito los basureros.

En los últimos 90 años los coyotes, partiendo de las grandes llanuras del centro de Norteamérica, se han expandido hacia el este del país, hasta llegar a los territorios del noreste. Ese proceso ha sido muy rápido, y al parecer, se ha visto favorecido por los cambios habidos durante el siglo pasado en esas áreas de los Estados Unidos, y por el hecho de que su pariente, el lobo, había sido exterminado previamente. Leer más »

Amazings estará en las charlas sobre “Nuevos modelos de comunicación científica”

Y el programa es espectacular…

“Nuevos modelos de Comunicación Científica”

Organizado por: Fundación Biofísica Bizkaia y Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU

Fecha: El 27 de mayo, en Bilbao (Paraninfo UPV/EHU).

Hora: De 9.00 horas a 14.00 horas

Programa:

9.00/9.15 horas: Presentación: Félix Goñi, Presidente de la Fundación Biofísica Bizkaia.

09.30/10.10 horas: “¿Una charla? ¿de ciencia?, prefiero el bar…” por Xurxo Mariño, neurocientífico de Universidad A Coruña y divulgador científico.

10.15/11.00 horas: “Cómo ‘hacer’ Ciencia en un periódico: La experiencia de Público” por Patricia Fernández de Lis, responsable sección Ciencia en Público.

11.00/11.30: PAUSA CAFÉ

11.35-12.05 horas: La ciencia mola (o debería) por José Antonio Pérez, guionista de televisión y director del programa ‘Escépticos’ de ETB.

12.10/12.50 horas: “Rascar donde no pica: búsqueda constante de originalidad en la información científica” por Pere Estupinyá, bioquímico y divulgador, autor de ‘El ladrón de cerebros’.

12.55/13.45 horas: Mesa Redonda: “Proyecto Amazings.es” por Antonio Martínez (aberron) y Javier Peláez (irreductible). Moderador: Juan Ignacio Pérez Iglesias, director Cátedra Cultura Científica.

13.45/14.00 horas: Debate

Las aves migratorias y su poca cabeza

Dendroica striata

En proporción al tamaño corporal, el encéfalo de las aves es de similares proporciones que el de los mamíferos. Pero hay algo que diferencia a los miembros de una y otra clase: en las aves hay mucha más variabilidad. En éstas, incluso especies relativamente próximas tienen encéfalos de tamaño relativo muy diferente.

El tamaño del encéfalo es un asunto que ha suscitado mucho interés. En primates existe una relación bastante clara entre tamaño encefálico relativo y capacidad cognitiva, y en los homínidos, con la excepción de la leve disminución de los últimos milenios en nuestra especie, los encéfalos han venido siendo cada vez más grandes. Seguramente por esa razón se ha tratado de analizar la variabilidad de ese rasgo entre especies y grupos animales a la luz de esa relación. Sin embargo, lo que vale para los primates no es fácilmente trasladable a otros grupos de mamíferos.

Hay sólidas razones para pensar, por otro lado, que el tamaño del encéfalo es un rasgo sometido a fuertes presiones selectivas. La razón de ello tiene que ver con su alto coste. El tejido cerebral es caro. Requiere, por un lado, de costosos materiales estructurales. Y por el otro, es un tejido metabólicamente muy activo. En un ser humano en reposo el encéfalo es responsable de un 20% del gasto metabólico, mientras que su masa no supera el 10% del total. Ese elevado gasto nada tiene que ver con la “condición humana”; todos los tejidos encefálicos (o para el caso, cerebrales) son igualmente costosos de mantener.

Al parecer, el encéfalo de los homínidos creció de tamaño de manera notable cuando empezaron a comer carne y cuando la cocción de los alimentos permitió obtener de ellos un rendimiento energético muy superior al que se obtenía cuando se comían crudos. Esas prácticas alimenticias permitieron, además, prescindir de sistemas digestivos de gran tamaño y de alto coste, como los que tienen nuestros parientes más próximos, mayoritariamente herbívoros. El ahorro que eso supuso seguramente también ayudó a invertir más en tejido encefálico.

Passer domesticus

No es, pues, de extrañar que la variabilidad en el tamaño encefálico de las aves haya sido también objeto de atención. Parece ser que existe una relación entre tamaño del encéfalo y condición migratoria. Las aves sedentarias tienden a tenerlo de mayor tamaño. Y además, el tamaño tiende a ser menor cuanto mayor es la distancia que recorren las aves en su migración. Como suele ocurrir en estos casos, hay excepciones, y los valores que arrojan los análisis de correlación son, en general, bajos, aunque por supuesto, estadísticamente significativos.

No es fácil atribuir la variabilidad ligada a los hábitos sedentarios o migratorios a un único factor causal. Y de hecho, se han formulado dos hipótesis. Por un lado, se ha observado que las aves paseriformes (el orden con mayor número de especies) que no migran, -a las que llamaré “sedentarias”-, suelen tener comportamientos alimenticios más “innovadores” en invierno; dicho de otra forma, cuando escasea el alimento buscan recursos alternativos, alimentos que no habían consumido antes. Esas especies con comportamientos alimenticios más innovadores suelen tener el encéfalo más grande.

Estas observaciones han conducido a formular una hipótesis según la cual, el tamaño encefálico está relacionado con la flexibilidad del comportamiento; se propone, por lo tanto, que ese mayor tamaño sería un requisito para poder desarrollar un comportamiento más flexible, puesto que se supone que un cerebro mayor proporciona también mayor capacidad cognitiva. En lógica consecuencia, las especies que carecen de esa flexibilidad se verían obligadas a migrar, pues la migración permite evadir, en cierta medida, las consecuencias de la variabilidad ambiental que impone el cambio estacional.

La segunda hipótesis es más sencilla, y se basa en una consideración de los costes que conlleva mantener y transportar el tejido encefálico. Según esta hipótesis, las aves migradoras han de afrontar mayores costes sólo por el hecho de migrar; son los costes inherentes al vuelo prolongado y a la menor o nula posibilidad de alimentarse durante la migración. Por ello, estas especies habrían visto limitada su capacidad para contar con un encéfalo de tamaño grande, pues los recursos que se requieren para la migración no se habrían podido invertir en elaborar más tejido encefálico y en mantenerlo. Además, un encéfalo y un cráneo de mayor tamaño también comportan mayores costes asociados al vuelo, pues la carga que hay que desplazar también es mayor.

Nyctalus noctula

Recientemente, este campo de investigación se ha visto enriquecido con la publicación de un trabajo sobre murciélagos. Entre los murciélagos también hay especies que migran y especies “sedentarias”.

Pues bien, resulta que en este grupo de mamíferos también varía el tamaño encefálico con los hábitos migratorios: las especies que migran tienden a tener encéfalos más pequeños.

No obstante, la variabilidad es menor que en las aves, aunque quizás eso es debido a que las migraciones de los murciélagos son bastante más cortas. Según los autores del trabajo, sus resultados refuerzan la hipótesis de las restricciones energéticas, pues en los murciélagos no se da la flexibilidad de comportamiento alimenticio que se da en las aves, tampoco en los murciélagos sedentarios. Esto es, si la variabilidad hubiera obedecido a factores relacionados con las capacidades cognitivas asociadas a comportamientos más o menos flexibles, los murciélagos no habrían tenido encéfalos de diferentes tamaños.

Sospecho que en los próximos años se irán haciendo nuevos estudios que incluirán otros grupos taxonómicos y que abordarán análisis diferenciados de distintas áreas del encéfalo. Quizás finalmente acabaremos sabiendo si la “poca cabeza” de las aves migratorias es debida a lo que indica el sentido figurado de la expresión o es, sencillamente, porque resulta más barato mantener y transportar cabezas de menor tamaño. Aunque también puede ocurrir, como ocurre en tantas ocasiones, que los dos mecanismos propuestos no sean mútuamente excluyentes.

Fuentes:

Liam P. McGuire y John M. Ratcliffe (2011): “Light enough to travel: migratory bats have smaller brains, but not larger hippocampi, than sedentary species” Biol. Lett. 7: 233-236

Daniel Sol, Nuria García, Andrew Iwaniuk, Katie Davis, Andrew Meade, W. Alice Boyle y Tamás Székely (2010): “Evolutionary divergence in brain size between migratory and resident birds” PloS PNE 5 (3): e9617

Daniel Sol, Louis Lefebvre y J. Domingo Rodríguez Teijeiro (2005): “Brain size, innovative propensity and migratory behaviour in temperate Palaearctic birds” Proc. R. Soc. B 272: 1433-1441

Hans Winkler, Bernd Leisler y Gustav Bernroider (2004): “Ecological constraints on the evolution of avian brains” J. Ornithol. 145: 238-244

El efecto Coolidge y los peces millón

Guppi | Poecilia reticulata

El esfuerzo reproductor masculino se reduce conforme se prolonga el tiempo de convivencia con la misma pareja. Que nadie piense mal, ¡me refiero a animales no humanos, por supuesto! Esa reducción en el esfuerzo reproductor se manifiesta en una menor producción de esperma en cópulas sucesivas, un menor esfuerzo de cortejo y una menor frecuencia de cópulas con la pareja habitual. Como digo, esto es algo que ocurre en numerosas especies animales, aunque no está claro cuál es la razón última del fenómeno.

Habrá quien piense que la reducción en el esfuerzo reproductor ocurriría en cualquier caso con la edad, incluso si el macho cambia de pareja. Pero no es así. Es de sobra sabido que el interés de un macho por una hembra aumenta cuando tiene acceso a una hembra nueva, lo que se manifiesta en renovados bríos hacia el cortejo y, si hay ocasión, la cópula. A ese fenómeno de interés renovado se denomina “efecto Coolidge” y tiene, al parecer, carácter bastante general.

Se ha comprobado que en roedores, por ejemplo, es posible mantener la actividad copulatoria de los machos a base de ir renovando periódicamente las hembras a las que tienen acceso hasta que quedan, literalmente, exhaustos. Leer más »

¿Para comer o para ligar?

Imagen | Fuente

Las jirafas poseen cuellos desmesurados. Sus dimensiones conllevan evidentes problemas e incomodidades. Es todo un espectáculo observar a una jirafa agachándose para beber.Desde el punto de vista anatómico, ese cuello tan largo tiene alguna desventaja evidente, como la que se deriva de tener un nervio laríngeo recurrente que ha de recorrer una distancia tan larga hasta llegar a su punto de destino.

También comporta serias complicaciones elevar la sangre tan arriba para que pueda llegar al cerebro. Necesitan un corazón portentoso; tienen también un tejido muy especial bajo la dermis para contrarrestar las altas presiones hidrostáticas que ejerce la sangre en las patas, y unos vasos sanguíneos muy especiales para evitar la filtración del plasma a los tejidos. Y cuentan también con un dispositivo especial para neutralizar la alta presión hidrostática que podría originar en el cerebro la sangre cuando se agachan para beber. Además, sus depredadores (leones) prefieren jirafas más grandes y de cuellos más largos.

Dadas todas esas complicaciones, ¿a qué presión selectiva responde la enorme longitud del cuello de la jirafa?

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