Artículos de Puratura

Almudena M. CastroAlmudena M. Castro | http://www.enchufa2.es | @puratura

Curiosa por vocación, fotógrafa, viajera y diseñadora gráfica. Estudié Bachillerato científico para matricularme después en Bellas Artes y en el Grado Superior de Piano. Pero, pincel y partitura en mano, volví a echar de menos la ciencia. Fue eso (o la curiosidad) lo que me llevó a colaborar en el blog Enchufa2, junto con Iñaki (@Enchufa2). Allí hablamos de ciencia, escepticismo, música, humor, o cualquier afición de las muchas que tenemos en común. También escribo sobre arte, fotografía y demás turas en mi web, www.puratura.com.

El deshielo del Ártico en el Pamplonetario

Hace sólo 100 años, Amundsen conseguía conquistar el Polo Sur. Han pasado aún menos, 85, desde que su equipo llegó hasta el punto opuesto del planeta, en el Ártico, a bordo del dirigible Norge. Los polos han sido durante mucho tiempo la última frontera inexpugnable. El refugio secreto de Supermán. El último lugar de la Tierra capaz de mantenerse ajeno a la actividad de los hombres.

Y sin embargo, hoy, parecen ser precisamente estas regiones remotas las que más repentinamente están sufriendo su presencia. El cambio global y el aumento de las temperaturas amenaza aquellos lugares que dependen directamente del frío, del hielo. El Ártico, en concreto, se está calentando tres veces por encima del promedio del resto del planeta. La banquisa amenaza con desaparecer verano tras verano y, con ella, todo el ecosistema que depende de su superficie. Este mismo verano, el nivel de hielo volvió a registrar nuevos récords de mínimos, dejando libres los emblemáticos pasos NorEste y NorOeste, por primera vez en siglos.

Por ello, es aquí donde se centran gran parte de las investigaciones actuales sobre cambio global. El pasado mes de mayo pude recorrer los alrededores de las islas Svalbard como parte de la expedicion Arctic Tipping Points, un proyecto dirigido por Carlos Duarte, del CSIC, y Paul Wassmann de la Universidad de Tromso. Su objetivo es identificar los umbrales de cambio del Ártico: aquellos puntos de inflexión a partir de los cuales el ecosistema podría sufrir cambios bruscos y, quizás, irreversibles.

Durante el viaje tuve ocasión de sacar infinidad de fotografías del hielo, los animales, los paisajes… un lugar fascinante que he querido retratar en 24 imágenes acompañadas de breves descripciones y anécdotas. La exposición se inauguró en Septiembre gracias a Amazings y la Cátedra de Cultura Científica de la UPV, y a partir de este jueves, día 19, colgará en el Pamplonetario de Navarra para quedarse hasta marzo. Quien acuda a la inauguración, presentada por Juan Ignacio Pérez y apadrinada por Javier Armentia, podrá asistir además a una charla de presentación en la que hablaré un poco del proyecto y la experiencia del viaje, a partir de las 19:30.

El Pamplonetario acoge simultáneamente otras actividades relacionadas con los fríos polos y el centenario de la aventura de Amundsen. Una buena época para recordar que existen lugares más fríos que tu coche a las 6 de la mañana. No os lo perdáis.

Los números no tienen poderes mágicos

El otro día me llamó un teleoperador de la Bonoloto para hacerme una oferta “que me haría millonaria”. ¡Oh fortuna! El tipo me ofrecía no sé cuántas mil apuestas a cambio de que le pagase 55€. Le aclaré que, pese al gran alborozo que sentía por su llamada, yo nunca participo en juegos de azar: -”¿Por qué?” (me preguntó, esperanzado, el insistente comercial) -”Verá, es que… sé matemáticas”. A partir de ese momento quedó claro que mi interlocutor se había quedado sin argumentos y, al poco, colgó.

Sin embargo, no deja de sorprenderme la cantidad de gente que cree en números mágicos. Y, de todas las supercherías habidas y por haber, quizás la numerología (o, más extensamente, la creencia en que ciertos números son capaces de escapar al mero azar) sea una de las más temibles. Por un motivo muy tonto y tremendamente burdo; y es que “los números” tienen fama de ser “de ciencias” (por oposición a “las letras”, se entiende). Como si el signo transformase la idea, como si el mero hecho de escribir “4 gilipolleces” fuese mucho mejor que redactar “cuatro gilipolleces”…

Uno de esos números mágicos que, como estudiante de diversas artes, me ha caído hasta en la sopa es el dichoso número áureo. Y digo “dichoso”, evidentemente, no por el número en sí (aún no tengo nada en contra de ninguna cifra), sino por los poderes que se le atribuyen acríticamente y, lo que es peor, por supuestas razones científicas. Durante estos años he oído que, desde los griegos hasta Dalí pasando por Bach y Messiaen, una infinidad de artistas tenían planteamientos o conocimientos “científicos” por utilizar la cifra de marras, sin que nadie se cuestionase qué de “científico” podía tener semejante uso.

Una idiotez se reconoce por sus argumentos más que por sus afirmaciones, así que, en principio, no voy a entrar a valorar la eficacia de la proporción áurea para generar belleza. Baste decir que no tengo constancia de ningún estudio científico serio (descarto así los experimentos de Fechner) que la haya demostrado, pero si alguien conoce alguno, me encantaría leerlo. En esta entrada en cambio, me limitaré a enumerar las razones que se suelen argüir como prueba de la belleza áurea. Algunas se parecen tanto al típico discurso magufo, que creo que merece la pena:

La falacia del “punto gordo”:
En el mundo de los profesores de análisis, cualquier composición musical con un clímax situado, aproximadamente, a los dos tercios de la partitura ha logrado “científicamente” la belleza. Entre los que manchan bastidores, basta con colocar el centro de interés de un cuadro asimétricamente para verlo proporcionalmente “dorado”. En un contexto donde los números de infinitos decimales compiten en irracionalidad con quienes no necesitan entenderlos para citarlos, es posible encontrar fi en cualquier cifra o proporción entre 1.5 y 1.75, sin que se especifique nunca el margen de error. Una de las cuestiones que me plantean este tipo de prácticas es si un observador es capaz de percibir en absoluto (no ya como agradable o desagradable) la divina proporción.

El sesgo de autoconfirmación:
Cuando el punto no puede engordar lo suficiente como para rozar siquiera la gruesa línea del rectángulo dorado, todo un complejo sistema de operaciones se puede poner en marcha hasta encontrar la cifra deseada. Si la figura retratada no es áurea, lo pueden ser sus tobillos. O quizás los compases de una partitura, mirados a través de un caleidoscopio, formen una espiral. O las alturas de sus notas, se correspondan en la escala con los cuatro primeros números de la serie de Fibonacci, o esta esté presente en la fecha de nacimiento del Artista. A fin de cuentas, todo el que busca algo corre el peligro de encontrarlo.

Una práctica milenaria:
En efecto, el número áureo se ha utilizado en infinidad de ocasiones desde que la secta de los pitagóricos lo erigiera en talismán. Más tarde, los renacentistas heredaron esta superstición de sus referentes clásicos y, con una nueva capa de barniz místico, empezaron a hablar de la “divina” proporción (no recibió el nombre de “proporción áurea” hasta el siglo XIX). Pero, como sabemos (o deberíamos saber), que algo sea “antiguo” no significa que funcione. Hay abuelas que recomiendan a sus nietas que no se laven cuando menstrúan y no me quiero ni imaginar lo que le recomendaban a ellas sus propias abuelas. En serio: “sabiduría popular” o “sabiduría milenaria” deberían ser dos oximorones claramente tipificados.

Lo natural es más sano:
También es cierto que la proporción áurea se puede encontrar en infinidad de figuras en la naturaleza. Ello parece cubrirla de misterio y propiedades místicas (se diría que la utilizó el mismísimo Dios para embellecer su Creación). Lo que se omite es que, cuando dicha aparición no es trivial (cualquier pentágono o flor de cinco pétalos contiene el número áureo), existe una relación causal que la justifica: por ejemplo, está presente en las espirales que forman las semillas de los girasoles porque precisamente esa cifra y no otra facilita la agrupación más compacta de las semillas que van creciendo desde el centro de la flor (Ian Steward lo explica maravillosamente en “El segundo secreto de la vida”). No es un misterio místico: son matemáticas.

Correlación no implica causalidad:
Por último, el estudio de la eficacia del número áureo para generar belleza resulta especialmente problemático: requeriría demostrar que “la belleza” está en aquello que miramos y no en las espectativas o el bagaje cultural del propio espectador. Para ello, no bastaría con demostrar que un número significativo de individuos identifican (con un un margen de error acotado) esa proporción como “bella”. Habría que determinar si es la propia formación cultural del individuo (en la que, siendo occidentales, abundan figuras de proporciones áureas generalmente aceptadas como “bellas”) el origen de dicha preferencia. Para ello sería necesario un estudio que discriminase la cultura de los encuestados, su formación, su procedencia… y a ello se sumaría un complicado análisis de los resutlados.

Internet y la computación permiten solucionar algunos de estos inconvenientes (por desgracia, no todos) y Alfredo y Antonio, los fundadores de The Golden Ratio Project, han querido explotar algunas de sus ventajas. Para ello han lanzado un pequeño juego online que facilita que un número significativo de individuos de distintas nacionalidades elijan entre una serie de rectángulos de proporciones generadas al azar. La idea es determinar qué rectángulos resultan más elegidos, con cuánta frecuencia y si estas preferencias varían en función de la procedencia de los jugadores. El proyecto está creciendo actualmente y adaptándose a la llegada masiva de resultados que ha obtenido su web. Por mi parte, les deseo mucha suerte en sus pesquisas.

Cómo fabricar dedales en el fondo del mar

El 71% de nuestro planeta azul está cubierto por agua salada. Se trata de un manto de fondo irregular que alcanza, en su mayor parte, más de 4000 m de profundidad. Esto significa que el océano abisal que se extiende a partir de este punto (su nombre es de origen griego y significa “sin fondo”, como “abismo”) es, sin competencia, el mayor ecosistema de la tierra. Sin embargo, es también uno de los más desconocidos.

Según contaban los oceanógrafos de la Expedición Malaspina, sabemos menos sobre el fondo del océano que sobre la superficie de la Luna. Y no es de extrañar, ya que llegar hasta allí resulta casi tan difícil y requiere las mismas inversiones astronómicas (o abisales, en este caso) que la carrera espacial: solo que en este caso, los ingenieros han de enfrentarse a las tremendas presiones (de 100 atmósferas por cada mil metros), las bajas temperaturas y la total oscuridad en lugar del vacío espacial o la ausencia de gravedad. Pocos países tiene la capacidad tecnológica para llevar a cabo semejante empresa. Tanto es así que, hasta la fecha, sólo un sumergible tripulado ha sido capaz de alcanzar el fondo del Abismo Challenger, por ejemplo: 9 años antes de que el hombre pisara la Luna, Jacques Piccard y Don Walsh a bordo del batiscafo suizo Trieste se sumergieron 10.911 m en la Fosa de las Marianas, un récord todavía no superado. Quizás no lograron la popularidad de Armstrong y Aldrin, pero eso es sólo porque aún no se han escrito teorías conspiranoicas sobre su hazaña (crucemos los dedos).

Con todo, aunque no podamos viajar hasta allí, el fondo del océano sí tiene una ventaja sobre la superficie de nuestro satélite y es que, si bien es imposible lanzar una cometa para que nos traiga rocas de la Luna, sí existen aparatos científicos como la roseta que, pendientes de un cable, son capaces de sumergirse en el océano abisal y traernos muestras de ese mundo desconocido. En ello se basa el estudio del océano profundo llevada a cabo por los científicos de la Expedición Malaspina: gracias a sus redes, botellas y sensores, han sido capaces de rescatar organismos de apariencia alienígena, agua cargada de bacterias desconocidas, pequeñas pistas e instantáneas de un mundo tan distinto a este, sí, como la superficie de la Luna.

¿Y qué tiene que ver todo esto con los dedales? Pues bien: mientras los biólogos y ambientólogos del Hespérides tenían bastante que indagar en sus muestras de agua, Elena Tel, una de los físicos de la expedición, ideó una manera de ejemplificar y explicar a sus compañeros las grandes presiones que soportan los seres abisales: para ello, compró un montón de vasos de poliestireno expandido, (los que se suelen utilizar para beber café) y los metió en una red atada a la roseta. El poliestireno es ese material plástico con burbujitas blancas que se utiliza en todo tipo de embalajes (también conocido como porexpán o corcho blanco). Debe su ligereza al gas que forma esas burbujas. Muchos habréis visto cómo este material parece desaparecer cuando se lo disuelve en acetona: el gas que contiene se libera revelando el verdadero volumen del porexpán desinflado. Pues bien, lo mismo sucede cuando se lo somete a altas presiones como las que soporta la roseta en el océano a más de 4000 m de profundidad: las burbujas se desinflan y cada vaso reduce paulatinamente su tamaño hasta convertirse en apenas un dedal. Si además viaja a bordo un artistazo como Luis Resines (el autor del cómic de la Expedición Malaspina), el experimento dará lugar a resultados tan variopintos como los de las imágenes. Un bonito recuerdo de uno de los pocos rincones de este planeta que aún quedan por explorar.

Malaspina vuelve a casa

La Expedición Malaspina por fin vuelve a Cartagena. Cuesta creer que ya hayan pasado 7 meses desde que embarqué en el Hespérides para acompañarla en su partida. Ayer me sorprendió el 13 de Julio, con prisas en el calendario y me acordé, sobre todo, de la dotación: los marineros, cabos y oficiales que han pasado ya 7 meses enteros en alta mar, echando de menos a sus familias como no, pero también una cama amplia o una ducha que no se bambolee incansablemente mientras uno intenta enjabonarse y entonar el “Oh sole mio” al mismo tiempo. Me acordé, sobre todo, de un jovencísimo electricista (qué rabia no recordar su nombre…) totalmente cubierto de tatuajes, que no se cansaba de repetir lo mucho que añoraba a su pareja y a su pequeña hija: hoy por fin podrá verlas. Será un gran día, no sólo para la ciencia.

Pero también, por supuesto, para la ciencia. Durante estos siete meses, la Expedición Malaspina, la mayor expedición marina española de la historia, liderada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, ha dado su primera vuelta al mundo. Ha recorrido cerca de 32.000 millas náuticas (60.000 kilómetros). Ha recorrido y explorado los distintos océanos de nuestro planeta azul. Ha visitado las costas de Río de Janeiro, Ciudad del Cabo, Sidney, Honolulú y Cartagena de Indias entre otras. Ha tomado miles de datos y muestras (con sus correspondientes Nachoetiquetas) de agua, aire, contaminantes y todo tipo de formas de vida, coordinando el trabajo de más de 400 investigadores de todo el mundo y consolidando una impresionante base de datos y muestras llamada muy oportunamente Legado Malaspina ya que, parte de ella quedará reservada para los científicos de dentro de 30 años (esos que ahora están en el colegio).

Y, con todo, el principal viaje de Malaspina aún no ha empezado. Aún queda mucho trabajo por hacer: muchas muestras que analizar, muchos datos que extraer, muchos estudios por realizar y muchas teorías que formular. Aún nos quedan por ver todos los descubrimientos que los científicos de la expedición podrán extraer de esta impresionante aventura. Esa será la segunda vuelta al mundo de Malaspina (sin postales, eso sí): la de los nuevos conocimientos aportados por sus investigadores.

Desde aquí me gustaría dar la bienvenida a todos esos científicos, a los estudiantes y los investigadores (con especial cariño para los integrantes del primer leg), y mandarles mucho ánimo para el duro, aunque emocionante, trabajo que les espera. Seguiremos de cerca esta segunda parte de su viaje.

Galería de fotos de Almudena M. Castro

¿A quién le importa que se funda el Ártico?

Fotografia | Almudena M.Castro

He pasado dos semanas alucinantes recorriendo el Ártico a bordo de la expedición Arctic Tipping Points (un proyecto financiado por el 7º Programa Marco de la UE y el MICINN).

Han sido dos semanas llenas de baches, a pesar de la calma irreal de sus aguas (como la de una bañera de mercurio), debido a los altibajos emocionales incesantes día tras días. Y es que la rutina del barco, creo yo, estaba diseñada con inquina: perfectamente planificada para que los tripulantes del Jan Mayen abandonásemos la expedición sin saber si reír o llorar. Cada día, las excursiones matutinas, los paisajes helados, los emocionantes avistamientos de ballenas, osos y morsas… eran sucedidos por conferencias y presentaciones científicas, donde se hacía imposible eludir que todo aquello está desapareciendo ante nuestros ojos. El Ártico, ese lugar encantado que acabamos de conocer, padece un cáncer de los graves. Valdría para un argumento de drama romántico hollywoodiense si no fuese tan real.

Y quizás ese fuese el problema: la realidad de toda esta historia. En altamar, rodeados de pruebas, probetas y  razones, el cambio climático no se deja disfrazar de ficción. No es una película de miedo, un mero entretenimiento, ni siquiera una amenaza, o una noticia emitida durante 2 minutos en el telediario de la sobremesa que cesará en cuanto empiecen los anuncios. En el Ártico, más que en ninguna otra parte, el cambio climático es un hecho: visible e innegable día a día en el deshielo de los glaciares, en la desorientación de los osos polares, en la zona de hielo marginal polar que retrocede hacia un nuevo récord cada año.

Sólo así planteado, como hecho, resulta necesario buscar una respuesta a este problema inminente. De hecho, cada tarde, en las reuniones vespertinas del Jan Mayen, se hablaba de todos estos temas: de la lucha contra el cambio climático, de cómo hacer llegar mejor el mensaje a la sociedad, de cómo conseguir producir cambios significativos; de cómo mejorar el mundo, en definitiva. Eran conversaciones trascendentes, conscientes de su peso, pero sin el menor rastro de escepticismo (para variar).

Fotografía | Almudena M.Castro

La actitud habitual ante estos problemas, en cambio, suele ser la negación: en algunos casos porque se niega de entrada que exista el cambio global, un problema más o menos habitual que se soluciona con información. Pero pienso que la mayoría, simplemente, omite el problema. Como dice Carlos Duarte, investigador del CSIC, cambia de canal: bien porque lo considera ajeno o bien porque “tiene las alubias al fuego” y ahora mismo no lo puede atender. Sencillamente, el cambio climático se considera una cuestión menor, perfectamente prorrogable. Un “plus” al comportamiento del buen ciudadano: “no tires las colillas al suelo, cede tu asiento a la anciana de al lado, salva a las ballenas y recicla”.

Esta actitud está claramente retratada en un icono del ecologismo como es el oso polar. A fin de cuentas, como se preguntaba uno de los compañeros de la expedición, el director de cine Tom Fernández: ¿para qué sirve un oso?, ¿a quién le importa que se derrita el Ártico? Salvar a este tipo de ecosistemas parece una cuestión secundaria, una lucha abstracta por la belleza (siempre nos quedarán los museos con sus fotos), por la conservación de algo que no es útil para nosotros, sino Bueno y Bello en sí mismo quizás, pero perfectamente prescindible. Consecuentemente, se borran del anuncio otros elementos del ecosistema menos “bonitos”: los copépodos, las bacterias, el fitoplancton… independientemente de la función ecológica que puedan cumplir, está claro que tienen peor prensa.

Nada más lejos de la realidad: la lucha contra el cambio climático no es un Bien Moral. Tampoco una cuestión de elegancia o de civismo gratuito, ni la nostalgia de cuatro hippies enamorados de las ballenas. El Bien así planteado es prorrogable porque no tiene consecuencias (Dios perdona los pecados veniales). Todo lo contrario: la lucha contra el cambio climático es necesaria y urgente porque es interesada y egoísta, en el mejor de los sentidos. Lo preocupante de que se deshiele el Ártico no son los hermosos paisajes, ni siquiera los osos, que, a fin de cuentas, pocos afortunados han visto o verán en directo: lo grave es que este delicado punto de inflexión, tan aparentemente alejado de nuestro cálido hogar, implica cambios irreversibles también a nivel global: implica consecuencias directas sobre nuestras vidas, sobre el equilibrio que ha posibilitado el desarrollo de la civilización que conocemos.

Almudena se vuelve a embarcar… al Ártico

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Me embarco de nuevo. Sólo que esta vez, tengo bien claro lo que debo meter en la maleta. Nada de bikinis ni botas de punta de acero: más bien forros polares, un buen plumas y ¡hasta bragas de punto si hacen falta! Y es que, señores, esta vez: ¡me voy a recorrer el Ártico!

Desde este domingo, 22 de Mayo y hasta el 1 de Junio, he sido invitada por el CSIC para participar en una nueva expedición de investigación oceanográfica llamada Arctic Tipping Points a bordo del buque noruego Jan Mayen. Mi cometido: escribir un blog a bordo que podréis leer diariamente en Quo y compartir, como no, mi experiencia con los lectores de Amazings.

Gjelder hele Svalbard | "Se aplica a todo Svalbard"

Arctic Tipping Points es un proyecto internacional, financiado por la Unión Europea y dirigido por Carlos Duarte del CSIC y Paul Wassmann de la Universidad de Tromso (Noruega). Los científicos de ATP llevan ya dos años explorando el Océano Glacial Ártico en busca de los síntomas provocados por el cambio global. Para ello recogen muestras de agua, distintos organismos y hielo de varios siglos de antigüedad. Su objetivo es identificar aquellos elementos del ecosistema susceptibles de sufrir cambios bruscos a causa de este fenómeno en los próximos años (“tipping point” se podría traducir como “punto de inflexión” o “punto de no retorno”).

Como dice Carlos Duarte: “el Ártico es la zona del planeta que más rápido se está calentando, tres veces por encima del promedio de calentamiento del resto del planeta”. De hecho, se piensa que en un par de décadas, este gran océano podría quedar libre de hielo en verano, un hecho sin precedentes y francamente preocupante. Por todo ello, el entorno del Polo Norte se ha convertido también en un polo científico. Es precisamente aquí donde primero y más claramente se están manifestando los cambios derivados del calentamiento global, de forma abrupta e irreversible en muchos casos. Como afirma Paul Wassmann, coordinador de ATP: “las regiones polares del planeta ya no son la última frontera, sino que son las trincheras de la lucha contra el cambio climático”.

Durante 10 días, acompañaré a investigadores, periodistas y marinos en una travesía hacia una de las zonas más inexploradas y deshabitadas del planeta: la tierra del Sol de Medianoche, el reino de los osos polares; el casquete polar Ártico. Nuestra expedición partirá de Longyearbyen en el archipiélago noruego Svalbard, a 78º Norte. Desde allí, recorreremos varios glaciares, fiordos y diversos centros de investigación de la isla Spitsbergen para finalmente alejarnos hacia el Oeste, hasta la zona de hielo marginal del Estrecho de Fram (al este de Groenlandia), y hacia el norte y noreste de Svalbard. El día 31 de Mayo regresamos a Longyearbyen, donde pasaré un par de noches más en la zona de acampada más cercana al Polo Norte del planeta. A través de una cámara de fotos y mi cuaderno de bitácora (nunca mejor) intentaré desentrañar para vosotros todos los entresijos de la investigación oceanográfica más puntera, os hablaré de los nuevos descubrimientos, de los días sin noche, de las aguas salpicadas de icebergs y de los horizontes fundidos en blanco.

Promete ser, en fin, una experiencia inolvidable que os invito a seguir muy de cerca. Podéis encontrar más información sobre el proyecto en la página oficial de Arctic Tipping Points y os recomiendo muy especialmente echarle un vistazo al libro que lleva su nombre: un documento ameno y fácil de leer, plagado de fotos impresionantes y construido a partir de breves artículos escritos por distintos participantes en el proyecto, desde científicos a periodistas y artistas. Además, el libro se puede descargar gratuitamente enformato pdf en la página web de BBVA. Está escrito en inglés, eso sí.

Estoy deseando compartir con todos esta nueva aventura. ¡No os perdáis el blog!

Las cuentas no cuadran en el océano profundo, el mayor ecosistema del planeta

En cierto sentido, los oceanógrafos son como los macroeconomistas. También ellos estudian intercambios a gran escala que, por eso mismo, no se pueden cuantificar de forma independiente (la suma tendría infinitos factores). También ellos utilizan balances y estimas para acercarse a una red de relaciones compleja en la que intervienen infinidad de variables, muchas de las cuales se desconocen y otras tantas que ni siquiera creemos ignorar.

Existen, no obstante, dos diferencias fundamentales entre ambos colectivos: (1) al contrario que los expertos en capitalismo, ningún oceanógrafo en su sano juicio piensa que los recursos de Carbono y Oxígeno de su contabilidad puedan crecer indefinidamente. (2) Hasta la fecha, las predicciones de los oceanógrafos no han causado ninguna crisis a nivel mundial debida a la burbuja del fitoplancton (crucemos los dedos).

De hecho, el material de construcción de los océanos (la base de toda su economía), no es el ladrillo, pero hasta hace poco se creía que sí provenía de una sola fuente: la capa fotosintética del océano. Esto es: la capa superior de la columna de agua, de unos 200 metros de profundidad y la única a la que llega la energía solar. Esta es necesaria para que el fitoplancton, las algas puedan asimilar el CO2 disuelto en el agua (proveniente en gran parte de la atmósfera) y generar Oxígeno y materia orgánica (de hecho, son las responsables de casi dos terceras partes de toda la actividad fotosintética del planeta). Es lo que se conoce como producción primaria del océano. Leer más »

ARGO. Robots para conocer el océano y predecir el clima

Expedición Malaspina 2010 | Joaquín Salvador (Kintxo) largando una boya

Henry Stommel fue un célebre científico que estableció las bases de la oceanógrafía física. Él predijo, alrededor de la década de los 70, que llegaría un momento en que no sería necesario embarcarse en un buque para investigar el océano, porque serían robots los encargados de tomar mediciones y recorrer las aguas a nuestra voluntad. Para Joaquín Salvador (Kintxo), del bloque de física de la Expedición Malaspina, Stommel estaba en lo cierto: “En los últimos 10 años, aproximadamente, gracias al desarrollo de las tecnologías, de los satélites, la miniaturización de los componentes y los sistemas de bajo consumo, han empezado a surgir un montón de instrumentos que son autónomos a la hora de medir”. Entre ellos, las boyas Argo de las que hoy hablamos y que se están dando a la mar periódicamente durante esta expedición (precisamente hoy hemos dado la segunda). Leer más »

Dios no creó el brócoli

Seguramente, nunca os habréis encontrado un hermoso brócoli silvestre dando un paseo por el bosque. La razón es sencilla: el brócoli silvestre no existe. Es una especie originada mediante el cultivo selectivo a lo largo de cientos de años cuyo antecesor silvestre es una planta mucho menos apetitosa: la col silvestre o Brassica oleracea.

Esta especie primigenia sigue un ciclo bianual. El primer año, acumula agua y nutrientes en un ramo de largas hojas carnosas, como medio de adaptación a las duras condiciones en las que suele crecer (suelos con alto contenido en sal y yeso).

El segundo año, la planta utiliza estos nutrientes para formar un largo tallo (de 1 ó 2 m) con un montón de flores amarillas que crecen a partir de pequeños capullos agrupados en ramitos.

Cogemos una col silvestre y empezamos a cultivarla hasta obtener un montón coles. Entre estas coles, cultivadas en unas condiciones determinadas, es posible que algunas no hayan sobrevivido. Otras, en cambio, pueden haber producido hojas ligeramente más carnosas que el resto y otras, por su parte, han florecido antes de tiempo. Como somos muy listos, para engendrar las siguientes generaciones de coles, elegiremos los mejores especímenes según nuestros intereses, hasta que, de nuevo, por puro azar, una planta resulte más carnosa que el resto, dé unos capullos más sabrosos o florezca más a menudo. Así, año tras año, durante (apenas) unos cuantos cientos de años (se tiene constancia de que los romanos cultivaban ya Brassica oleracea).

¿Cuál es el resultado? Un montón de variaciones nuevas dentro de la misma especie, sorprendentemente diferentes entre sí, que ya no es posible encontrar en estado silvestre. Como cabía esperar, de algunas nos comemos las flores (coliflor, brócoli, romanesco…); de otras, las hojas (col, berza, repollo…); algunas incluso se usan como decoración (coles ornamentales). A continuación, podéis ver un esquema con todas estas variaciones divididas en los 7 grupos de cultivo que sirven para clasificarlas:

Grupos de cultivo y variaciones de Brassica Oleracea

Durante todo este proceso, sólo han intervenido mutaciones aleatorias del ADN y la selección artificial impuesta por los agricultores. Cabe suponer que las mutaciones ocurren con la misma frecuencia en la naturaleza y en los cultivos. Sin embargo, es la selección artificial la que facilita que podamos observar, a cámara rápida, un proceso de diversificación que, en otros casos, tarda milenios en producirse. El motivo es sencillo: mientras que el hombre impone unilateralmente qué planta es mejor y cuál peor, la naturaleza nunca lo tiene tan claro.

La evolución no tiene objetivos, ni escalas de valor: su único criterio es una mejor adaptación a un entorno siempre cambiante. Todo ello ralentiza el proceso de cambio, pero también hace posible que puedan coexistir varias soluciones de forma simultánea o que aparezcan soluciones imprevisibles, aparentemente ilógicas, que nunca hubiesen surgido en la persecución de un objetivo predefinido, o a partir de una planificación «inteligente». Ese es el secreto de la gran variedad de la vida: pequeños cambios consolidados a base de prueba y error a lo largo de 4000 millones de años.