Artículos de Ondasolitaria

Sergio L. PalaciosSergio L. Palacios | http://fisicacf.blogspot.com/ | @ondasolitaria

Profesor de física en la universidad de Oviedo, divulgador científico, blogger aficionado y superhéroe en la sombra. Autor del libro “La guerra de dos mundos”.

El asesinato de JFK: ¿conspiración o física de bachillerato?

Advertencia: algunas frases y/o imágenes mostradas en este artículo pueden resultar excesivamente violentas para determinadas sensibilidades. Si decides continuar leyendo será bajo tu absoluta responsabilidad.

Tal día como hoy pero hace 48 años, un 22 de noviembre de 1963, el presidente de los Estados Unidos de América, John Fitzgerald Kennedy, era abatido a tiros en Dallas, mientras viajaba en el asiento trasero de su limusina oficial, a su paso por Dealey Plaza. El presunto asesino, Lee Harvey Oswald, había efectuado tres disparos con un rifle Carcano de 6,5 x 52 mm desde el sexto piso de un edificio dedicado al almacén de libros. El primero no hizo blanco pero el segundo y el tercero alcanzaron, respectivamente, la parte superior de la espalda de Kennedy y la cabeza, este último con resultado fatal.

Tan sólo unas horas después del magnicidio, Lee Harvey Oswald fue arrestado, tras cometer un nuevo asesinato, el de un oficial de policía llamado J.D. Tippit. Dos días después, mientras era trasladado de prisión, Oswald también era asesinado por Jack Ruby, el propietario de un club nocturno de Dallas. Leer más »

Cómo (ob)tener unos huevos más gordos

¿Quién no ha tenido, siendo niño, una pecera con peces de colores? ¿Y qué niño no ha intentado capturar pececillos atrapados entre las rocas con la bajada de la marea? ¿A quién no se le ha ocurrido en más de una ocasión probar sus dotes científicas innatas y experimentar colocando las simpáticas criaturas acuáticas marinas en la pecera de agua dulce y al contrario, los lindos peces de colores en agua salada?

Por otro lado, todos sabemos que una excelente forma de conservar ciertos alimentos y preservarlos del efecto pernicioso de determinadas sustancias nocivas consiste en someterlos a un proceso de deshidratación y sumergirlos en salmuera o vinagre.

Y bien, ¿qué relación guardan los dos párrafos anteriores? Pues muy simple: ambos hacen alusión a un proceso físico denominado ósmosis. Veréis, consiste en lo siguiente: imaginad que disponéis de dos disoluciones con concentraciones diferentes y separadas por una membrana semipermeable (esto es, que deja pasar moléculas de un cierto tamaño, pero no otros). Para que sea más concreto, suponed que a un lado (llamémosle el izquierdo) de dicha membrana tenemos agua y al otro (llamémosle, lógicamente, el derecho) agua en la que hemos disuelto unas cuantas cucharadas de sal, por ejemplo.

Dicho muy simplemente, la ósmosis consiste en el paso de agua del compartimento izquierdo al derecho, es decir, y esto siempre es así, el proceso tiene lugar de tal manera que el agua se desplaza hacia el lado donde existe una mayor concentración (en este caso, el lado derecho donde hemos disuelto sal) con el fin de igualar las de ambos.

Según lo anterior, y volviendo a nuestros queridos pececillos, cuando sumergiéramos en agua dulce la sardina que con tanto esfuerzo pescamos, contemplaríamos con estupor cómo su cuerpo comenzaría a hincharse de forma descontrolada. Todo lo contrario le sucedería al lindo pececito rojo si se nos ocurriese darle un baño de agua salada, pues su abdomen se iría reduciendo paulatinamente hasta dejarlo francamente esmirriado.

¿Por qué sucede esto? Debido a la ósmosis, en efecto. El agua del interior de las células del cuerpo de la sardina posee una concentración salina mayor que el agua dulce en la que la hemos sumergido y, por tanto, a través de las paredes celulares (ahí tenéis la membrana semipermeable de la que hablamos) penetraría agua dulce (la de menor concentración de sal), lo que provoca la hinchazón. Con el pez de colores de agua dulce sucede el efecto opuesto: el agua dulce atraviesa la pared celular, produciendo una deshidratación y, consecuentemente, una disminución acusada en el volumen del cuerpo del animal.

De forma análoga se puede explicar el proceso de conservación de los alimentos en salmuera o vinagre. Cuando las fabricas de conservas envasan pepinillos en una disolución ácida como el vinagre, lo que están haciendo es aprovecharse del fenómeno de la ósmosis. Así, el “agua dulce” (baja concentración) contenida en el interior del pepinillo abandona éste para intentar contrarrestar la elevada concentración del vinagre. El resultado es que la cucurbitácea, al perder agua, impide que determinadas bacterias puedan desarrollarse, conservándose el alimento durante un lapso de tiempo mucho mayor.

Una aplicación enormemente interesante de todo lo expuesto más arriba consiste en lo que yo (osadamente) denomino “cambiar la talla de los huevos desnudos“. Me explico: coged un huevo de gallina, por ejemplo, aunque el experimento también funciona con otras clases de huevos diferentes (ya me entendéis). A continuación sumergidlo en un vaso lleno de vinagre y esperad dos días, aproximadamente. Transcurrido este tiempo, podréis observar cómo la cáscara (de origen calcáreo) ha desaparecido por completo debido a la acción del ácido acético, dejando el huevo desnudo, una especie de pelota elástica y transparente (se puede ver la yema sin problema). Si ahora lo laváis bien lavadito e introducís lo que queda del huevo en otro vaso, esta vez lleno de agua destilada, comprobaréis que al cabo de unos cinco días, más o menos, el huevo ha incrementado su peso en casi el 50% de su valor inicial. Lo que ha sucedido, una vez más, es que el agua destilada (con una concentración de solutos bajísima) ha penetrado en el interior de la membrana del huevo, donde la concentración es claramente superior.

Desafortunadamente, todo el proceso anterior puede invertirse sin más que volver a introducir el huevo hinchado en un vaso con agua y azúcar disuelta en ella. Unas doce horas después la ósmosis habrá devuelto las cosas a su sitio. Y es que nada es permanente, ni siquiera los implantes de silicona…

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Más información en:
Corominas, Josep. Patatas y huevos osmóticos. Rev. Eureka Enseñ. Divul. Cien. 7(1), 2010, 151-157.

¿Te parece rara la relatividad? Prueba sin ella

Es bien sabido que el sonoro fracaso del célebre experimento de Michelson y Morley, llevado a cabo en 1887, constituyó uno de los hechos que condujeron a Albert Einstein a prescindir del hipotético éter, un medio material extraordinariamente poco denso que ocupaba todo el espacio y en cuyo seno tenía lugar el movimiento de todas las entidades físicas (incluida la luz). La mecánica clásica (también denominada newtoniana, por estar regida por las leyes de Newton), que había explicado el movimiento de los cuerpos durante más de 200 años, sufrió una convulsión total con los postulados de la teoría especial de la relatividad, publicada en 1905, y, posteriormente, con las leyes de la relatividad general. Las nociones de espacio y tiempo absolutos e independientes del estado de movimiento del observador de la mecánica newtoniana se vinieron abajo completamente.

Ahora la velocidad de la luz en el vacío era una constante universal y su valor finito (tomaremos como número redondo la cifra de 300.000 km/s) no dependía en absoluto del estado de movimiento del observador. Esto significa que si yo me alejo de la costa a bordo de un barco, digamos a 150.000 km/s, y mido la velocidad de un rayo de luz procedente del faro y que lleva mi misma dirección, no obtendré 150.000 km/s, como parecería lógico según las leyes clásicas, sino que el resultado de mi medida será de 300.000 km/s; análogamente sucedería en el caso de que mi barco se desplazase hacia la costa, pues en este caso mi medida tampoco sería igual a 450.000 km/s, sino 300.000 km/s nuevamente. Obviamente, todos tenemos la experiencia de que cuando se consideran velocidades cotidianas, como las de las personas o los coches, por ejemplo, lo anterior no sucede, pues dichas velocidades suelen ser despreciables en comparación con la de la luz.

En la actualidad, cuando ya han pasado más de 100 años desde que Einstein enunciase las leyes de la relatividad, aún seguimos pensando que la mayoría de sus predicciones resultan, cuando menos, extrañas y, en muchas ocasiones, alejadas del sentido común. Así, podemos citar fenómenos ya tan conocidos como la contracción de la longitud de los cuerpos en la dirección de su movimiento, la distinta marcha de los relojes cuando se mueven a grandes velocidades o en presencia de campos gravitatorios muy intensos, el incremento de la masa con la velocidad, etc.

Pero en lo que no pensamos habitualmente es que las leyes clásicas o newtonianas pueden resultar igualmente extrañas en el hipotético caso de que el observador se encontrase inmerso o sujeto a un sistema de referencia animado de una enorme velocidad. ¿Qué sucedería si de repente admitiésemos que el éter existe y que la velocidad de la luz depende de la dirección y del estado de movimiento del observador, tal y como se pensaba que así era antes del experimento de Michelson y Morley? Plantearemos, a continuación, algunas cuestiones curiosas. Leer más »

Einstein versus Predator, ¿es posible la ciencia que nos muestran las películas de Hollywood?

En el mes de abril de 2008 se publicó mi primer libro, bajo el título de La guerra de dos mundos: el cine de ciencia ficción contra las leyes de la física.

En él se recogía, a lo largo de 37 capítulos, una selección de las mejores entradas del blog Física en la Ciencia Ficción, un blog nacido dos años antes como complemento a la asignatura homónima que imparto en la Universidad de Oviedo desde el curso 2004-2005.

El objetivo de dicha asignatura era muy sencillo: se trataba de llevar una materia, habitualmente temida, como la física, a los estudiantes de todas las carreras universitarias, tanto las mal consideradas “de letras” como las “de ciencias”.

Pero para lograrlo había que ofrecer algo diferente, algo que no produjese de antemano esa sensación de rechazo que experimentamos todos los profesores de física del mundo con nuestros estudiantes. Entonces se me ocurrió una idea, no demasiado original debo admitir, consistente ni más ni menos que en utilizar el cine de ciencia ficción como reclamo, es decir, íbamos a estudiar las leyes de la física tal y como suelen aparecer en las películas de Hollywood, pero dándoles la vuelta por completo, ya que aquéllas casi siempre tienden a ser tratadas de forma incorrecta. En definitiva, utilizaríamos los errores cometidos por los guionistas para aprender la ciencia correcta y rigurosa que se escondía detrás de las escenas más espectaculares.

En La guerra de dos mundos se habla de las posibilidades de las espadas de luz de los caballeros jedi, de los motores de antimateria de la nave Enterprise, de asteroides asesinos en rumbo de colisión con la Tierra, las imposibles hazañas de los superhéroes y muchas cosas más.

Así como reconozco la falta de originalidad de la idea para impartir una materia como la que llevo disfrutando ya siete cursos consecutivos en mi universidad, también debo decir que el tipo de divulgación que lleva a cabo mi primer libro es prácticamente único y pionero en su género, en lo que se refiere obviamente al idioma español, pues en la lengua de Shakespeare existen innumerables ejemplos.

Siguiendo con la idea de llenar el vacío existente en la literatura de divulgación científica en castellano, he seguido trabajando en el mismo sentido durante los tres últimos años desde la publicación de La guerra de dos mundos. Así, hace tan sólo un par de semanas, la editorial Robinbook se ha comprometido a publicar mi segundo libro, actualmente en fase de maquetación. En esta ocasión, está programada su aparición en librerías a partir del próximo mes de noviembre y llevará el sugerente título de Einstein vs. Predator: ¿es posible la ciencia que nos muestran las películas de Hollywood?

Constará de 29 capítulos repartidos por las más de 350 páginas donde se referencian casi un centenar de películas. En “EvP” se abordan temas como la alimentación de los astronautas y la comida en el espacio, las inteligencias extraterrestres como la del océano sensible de Solaris, los viajes interestelares a velocidades superiores a la de la luz, la física de “Avatar”, las armas de rayos desintegradores y los escudos de fuerza, la inmortalidad, los vampiros, los agujeros negros, las máquinas del tiempo, los universos paralelos y, por supuesto, los superhéroes como Superman e Iron Man, entre otros muchos temas más.

Desafortunadamente, el mundo editorial se encuentra en una situación delicada en los últimos años, por lo cual no ha sido nada sencillo lograr la publicación de mi trabajo. Las editoriales no demasiado importantes suelen arriesgarse lo mínimo posible a la hora de sacar adelante novedades y tienden a decantarse por las reediciones o las traducciones de obras anglosajonas que ya han demostrado un cierto éxito en su idioma original. Esto, sumado al poco interés que muestran por el formato electrónico, hacen que se limiten prácticamente de forma exclusiva al papel impreso. Y “Einstein vs. Predator” no iba a ser menos.

Finalmente, tan sólo me resta desear de todo corazón que os guste mi trabajo, al que he dedicado no pocos esfuerzos durante estos últimos tres años. Por supuesto, a aquellas y aquellos de vosotras y vosotros que no tengáis a bien adquirir uno de los ejemplares, también os deseo unas felices navidades…

Una razón tan estúpida como otra cualquiera (o no) para creer en la teoría de cuerdas y otras dimensiones del más acá

Todo aquel que haya mostrado en alguna ocasión un mínimo interés por la ciencia seguramente habrá escuchado o leído en más de un sitio que el universo en que vivimos posee cuatro dimensiones, tres de ellas espaciales y la cuarta que denominamos tiempo (de ahí que los físicos nos refiramos globalmente al espaciotiempo). En cambio, se requiere haber abandonado completamente la televisión basura, haber traspasado las puertas de la estulticia más absoluta que nos rodea por doquier para preguntarse por qué existen personas en el mundo que pregonan la existencia de dimensiones adicionales, es decir, si el mundo físico que nos rodea posee más de cuatro dimensiones.

Y no me estoy refiriendo a esas “otras dimensiones” a las que se hace alusión en los programas con tufillo magufil o chiripitifláutico, al más allá, el “más acá que te pego, leche” o cualquiera otra majadería de la que viven tantos y tantos chupópteros con lenguas de trapo membranosas y embusteras. No, amigos, no. Cuando los físicos hablamos de otras dimensiones, dimensiones adicionales o dimensiones extra nos estamos refiriendo a otra cosa.

Pero no temáis, mis valientes lectores, pues el propósito de este texto no es el de adentrarnos en el proceloso océano de las susodichas y maltratadas dimensiones adicionales. Muy al contrario. Tan sólo pretendo proporcionaros una serie de argumentos que puedan servir como puntos de reflexión para entender lo que algunos físicos llevan intentando desde la segunda mitad de la década de los años 70 del siglo pasado. Concretamente, me estoy refiriendo a la (probablemente) conocida (de boquilla o de nombre) teoría de cuerdas.

Uno de los supuestos básicos de la aludida teoría de cuerdas asume que las partículas elementales que conforman toda la materia que nos rodea (electrones, quarks, etc.) no son puntuales sino más bien estructuras unidimensionales diminutas, muy similares a filamentos, y más comúnmente conocidas como “cuerdas”. Los defensores más acérrimos de las teorías de cuerdas mantienen la esperanza en que este modelo de la naturaleza consiga proporcionar una explicación de ciertas propiedades conocidas de las partículas elementales que parecen desafiar a las teorías conocidas y ampliamente aceptadas basadas en un espaciotiempo de cuatro dimensiones. Al parecer los interrogantes que plantean estas teorías conocidas pueden tener respuestas satisfactorias cuando se asume que el universo posee más dimensiones de las cuatro tradicionales; en concreto podrían ser hasta once.

¿Por qué se buscan espacios de más de tres dimensiones? ¿Tienen algún sentido o se trata, simplemente, de una cuestión meramente académica, una estimulante forma de masturbación cerebral?

Permaneced atentos, que os voy a contar una historia que creo que os gustará. Leer más »

El extraño caso del asesino que leía libros de física nuclear

Pronunciar palabras como radiación o radiactividad infunde terror en la mayoría de las personas con una escasa preparación científica. El miedo cerval ante lo desconocido, ante la amenaza invisible que nos puede llegar a afectar sin que seamos plenamente conscientes de ella, se encuentra arraigado en lo más profundo de nuestras emociones humanas. Imágenes como las de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki durante la Segunda Guerra Mundial o las de  accidentes en centrales nucleares  como Three Mile IslandChernóbil forman parte de la iconografía asociada para siempre a la energía nuclear.

De hecho, en los últimos 15 años, la International Atomic Energy Agency ha confirmado más de 1100 incidentes relacionados con el tráfico ilícito de materiales radiactivos. De ellos, casi 300 tenían que ver con la posesión no autorizada y/o estaban dedicados a actividades criminales, de una u otra forma.

Alexander Litvinenko | Fuente

Se cumple estos días el cuarto aniversario de la muerte de Alexandr Litvinenko, el exagente ruso que saltó a las páginas de todos los grandes diarios en noviembre de 2006. Litvinenko había nacido en la ciudad rusa de Voronezh 43 años atrás. Su trabajo estaba relacionado con la investigación del crimen organizado, con la mafia rusa. No cabe duda, a la vista de lo que posteriormente le sucedería, que se granjeó a buen seguro no pocos enemigos.

Se piensa que Litvinenko estaba relacionado con la muerte de la periodista Anna Politkóvskaya, asesinada en octubre de 2006. Politkóvskaya era conocida por sus críticas con la postura del Kremlin en relación con la guerra en Chechnya.

Perseguido en su país de origen por sus opiniones y declaraciones contra agentes del FSB (Federal Security Service) en relación con su presunta implicación en el entrenamiento del número 2 de Al-Qaeda, Ayman Al-Zawahiri durante los años previos a los ataques del 11-S y también por la publicación de un polémico libro, acabaría solicitando asilo político en el reino Unido en el año 2000.

El 1 de noviembre de 2006, Alexandr Litvinenko se reunió en el Pine Bar del hotel Millennium, en Londres, con varias personas. Pidió un té, acercó la taza a sus labios y sorbió un trago, solamente uno. Acababa de firmar su sentencia de muerte. A partir de aquel mismo momento, experimentaría una agonía que se prolongaría durante tres interminables semanas. Falleció en un hospital londinense el 23 de noviembre de 2006. Leer más »

Un goldilock, dos goldilocks, tres goldilocks…

Ricitos de oro” (“Goldilocks”, en inglés) es una niña con unos preciosos cabellos rubios. Un día, paseando por el bosque (en los cuentos infantiles clásicos los niños siempre deambulan solos por los bosques y, claro, luego pasa lo que pasa…) descubre una casita vacía (ella no sabe que allí vive una familia de tres osos: papá, mamá y su cría). Como está hambrienta, la niña decide comer algo y se encuentra con tres platos de sopa, uno demasiado caliente, otro demasiado frío y un tercero, por el que se decide finalmente, con la sopita templada. Luego suceden una serie de chorradas, más o menos parecidas, que tienen que ver con las sillas y las camas de la familia oso, pero no me entretendré en ellas porque ya todos somos mayorcitos y nos sabemos el cuento. Y, a propósito de cuentos, ¿qué pinta éste aquí? Leed, leed un poco más y lo averiguaréis.

En la actualidad, la ciencia denomina zonas Goldilocks a aquellas situaciones, circunstancias, coincidencias, rangos de valores de determinados parámetros físicos que hacen posible el desarrollo de la vida, tal como la conocemos en la Tierra. Repasaré, a continuación, algunas de estas “casualidades”.

1. Zona de habitabilidad

Es la región comprendida entre la distancias mínima y máxima al Sol que permiten que el agua se encuentre en estado líquido. Si utilizo un sencillo modelo de cuerpo negro llego rápidamente a la conclusión de que ese rango de distancias se localiza entre 0,6 UA (la UA es la unidad astronómica, distancia media entre la Tierra y el Sol) y 1, 2 UA. Esto comprende las órbitas de Venus (a una distancia del Sol de 0,7 UA) y la Tierra (Marte se encuentra a 1,5 UA del Sol). Por supuesto, el modelo empleado no tiene en cuenta otros factores, como la composición de las atmósferas planetarias. Así, la temperatura es altísima en Venus debido al tremendo efecto invernadero provocado por su densa capa de nubes, mientras que en Marte es bajísima por culpa de lo tenue de su atmósfera incapaz de dotar a su superficie de la presión suficiente para mantener agua en estado líquido.

El agua líquida permite y facilita el transporte de átomos o moléculas suficientemente rápido como para que se den las reacciones químicas. Casi la mitad de los elementos químicos conocidos son solubles en agua; el oxígeno disuelto en el agua hace posible la respiración de los peces y los nutrientes disueltos en agua son fácilmente absorbidos por las raíces de las plantas y los sistemas digestivos de los animales. Leer más »

Titanic para torpes o cómo entender la física del hundimiento con ayuda de un envase de tetra brik y una viga de madera. (Parte 2)

Si ayer no leíste la primera parte de la doble entrega que le estoy dedicando al hundimiento del Titanic desde un punto de vista físico, te explico que en esa entrada me centré en los antecedentes que precedieron al desastre marítimo más famoso de la historia. A continuación, en esta segunda parte, procederé a resolver el caso mediante el empleo de algunos modelos sencillos y unas cuantas leyes básicas de la física.

Las evidencias del caso (quiero decir, del casco)

Edward Wilding, el ingeniero-jefe de Harland & Wolff, la compañía constructora del Titanic, durante su testimonio sobre el accidente, afirmó haber estimado que el iceberg había producido una brecha en el doble casco del barco equivalente a unos 12 pies cuadrados (algo más de 1 metro cuadrado). Lo comparó a un tajo hecho con una cuchilla a lo largo de unos 200 pies (60 metros) del costado de estribor y una anchura de no más de 3/4 de pulgada (menos de 2 centímetros). Los daños se extendían desde el mamparo de proa hasta el de separación entre las salas de calderas 5 y 6, las más próximas a proa del total de seis de que constaba el Titanic. Leer más »

Titanic para torpes o cómo entender la física del hundimiento con ayuda de un envase de tetra brik y una viga de madera. (Parte 1)

ADVERTENCIA: Si antes de leer esta entrada la has ojeado por encima, te has asustado ante la aterradora extensión de la misma y tu deseo de leerla ha flaqueado, aquí  debajo te dejo una versión resumida de la misma, conteniendo todos los detalles esenciales.

No te llevará mucho tiempo y te quedará todo claro, más claro que el agua cristalina de un arroyo de montaña en una radiante mañana de verano.

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Si por el contrario, después de ver este video crees que no es suficiente y  tu curiosidad te pide más, te propongo continuar adelante con la versión no reducida:

Titanic para torpes o cómo entender la física del hundimiento con ayuda de un envase de tetra brik y una viga de madera (Primera Parte) Leer más »

Dejad que los niños se alejen de mí…

John Hancock es un paria de la acomodada sociedad de Los Ángeles. Borracho y pendenciero, soporta continuamente la burla y los abucheos constantes de la gente en su cara y hasta la misma policía le considera más una molestia que una ayuda. Esto podría ser normal, hasta cierto punto, pero en el caso de Hancock resulta cuando menos contradictorio. ¿Por qué? Pues porque John Hancock es un superhéroe. Sí, sí, habéis leído bien, un superhéroe capaz de volar, con una superfuerza digna del mejor Superman, superoído, supervista y toda una serie de extraordinarios superpoderes.

Un día como otro cualquiera, Hancock salva la vida de Ray Embrey, un consultor de relaciones públicas empresariales, cuando su coche había quedado atrapado entre las vías del tren. Pero el precio pagado es enorme y los destrozos causados por nuestro heterodoxo superhéroe en el tren son incalculables. Con su popularidad en el momento más bajo, Ray le propone ser su asesor de imagen para tratar de cambiar ésta de una vez por todas. Hancock acepta de mala gana y, al día siguiente, cuando se dirige a casa de Ray para concretar detalles de la estrategia a seguir, se encuentra con tres niños. Uno de ellos, Michel, criaturita adorable de dorados cabellos se encarga de torturar a diario al hijo de Ray. Y, como podéis ver en el siguiente clip de vídeo extraído de la película Hancock (Hancock, 2008) dirigida por Peter Berg, también exhibe una evidente falta de respeto por el superhéroe. La respuesta de éste no se hace esperar.

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Reflexionemos científicamente sobre lo que acabamos de ver y no podemos creer. En lugar de avisar a los papás del nene y recomendarles un buen colegio religioso, Hancock le atiza un buen empujón y lo manda a tomar el aire allende las nubes. Y pensamos, y pensamos y nos preguntamos: ¿podría hacer eso yo con mi hijo cuando se pone gilí…? Bien, ante todo apliquemos las leyes básicas de la física conocida. La trayectoria que describe un cuerpo que se lanza desde la superficie terrestre es siempre una parábola simétrica, mientras se desprecie el rozamiento con el aire y el viento (cosa que haré para no complicar excesivamente la vida de Michel, la mía y la vuestra). Se pueden determinar todos los parámetros involucrados en la descripción de esta parábola sin más que poner un poco de atención a la escena. Michel deambula por la atmósfera durante 24 segundos y Hancock recorre unos 20 metros aproximadamente por la calle, desde el punto de lanzamiento hasta el punto de aterrizaje forzoso.

Con los datos anteriores y realizando unos sencillos cálculos que cualquiera puede llevar a cabo con una preparación mínima a nivel de bachillerato se encuentra rápidamente que el odioso niñito debe abandonar las manos de Hancock nada menos que a una velocidad de 423 km/h y casi en vertical, pues el ángulo de inclinación con respecto a la horizontal debe ser de 89,6 º. La altura máxima que alcanzará antes de regresar y caer en brazos de su insultado es de algo más de 700 metros. Para que estas hazañas sean así de aterradoras y suponiendo que Michel pesa aproximadamente unos 45 kg, la fuerza que tendrá que realizar Hancock con sus brazos para detenerle supera holgadamente el medio millón de newtons, provocando en la criatura una desaceleración superior a las 1200 g’s.

La consecuencia es que no notará ninguna diferencia entre caer rendido en sus brazos o quedar estampado contra un muro de acero, convirtiéndose en Michel-mermelada.

Para finalizar, si de todas formas, todo lo anterior resultase posible, resta aún una duda por solucionar. ¿Cómo es que Michel desaparece tras las nubes, al cabo de no más de un segundo después de salir de los brazos de Hancock? ¿Se avecina tormenta?…

Fuente: Cinema and Science