Artículos de Miguel Santander

Miguel Santander GarcíaMiguel Santander García | http://miguelsantander.com/ | @migusant

Investigador postdoctoral en el Observatorio Astronómico Nacional de Madrid. Astrofísico y escritor (siempre y cuando lo primero me deja algo de tiempo para lo segundo, ¿o era al revés?), apasionado de la divulgación científica y de la ciencia ficción, entre otras muchas cosas que no cabrían aquí…

7 cosas que quizás no sabías de la vida del radioastrónomo

Interferómetro ATCA, en Australia | Crédito: Ángel R. López Sánchez

La vida del astrónomo profesional es bastante diferente a la visión romántica del imaginario popular: el señor sentado junto a su telescopio toda la noche, a la intemperie, mirando por el ocular mientras apura el termo de café, hace tiempo que pasó a la historia (no así el astrónomo aficionado, que por lo general sigue teniendo que pagar ese precio por desarrollar su pasión).

Hoy en día, las observaciones en telescopios profesionales se realizan desde la comodidad de la sala de control, a través de una serie de monitores que nada tiene que envidiar a la sala de guerra del Pentágono. Las condiciones meteorológicas, el estado del telescopio, los datos… todo se visualiza desde la sala de control. Hasta tal punto, de hecho, que ni siquiera es necesario salir afuera y contemplar el impagable firmamento con nuestros propios ojos.

¿Poco romántico? Puede. Pero la vida del observador también está plagada de pequeñas vicisitudes, anécdotas y momentos de gran intensidad que la hacen apasionante.

Y si, de todas las clases de astronomía, nos centramos en la que estudia el Cosmos en longitudes de onda de radio (más o menos a partir de 1 milímetro), todo el asunto cambia aún más, pues la realidad se parece aún menos a la idea romántica de marras. En concreto, he aquí siete cosas que (quizás) no sabías de la vida del radioastrónomo. Leer más »

Einstein vs Predator, el azote de la ciencia ficción

Cuando compré el último libro del colaborador de Amazings Sergio L. Palacios y me planteé la posibilidad de escribir una reseña sobre él, no tenía ni la menor idea de que su autor se convertiría en motivo frecuente de mis pesadillas.

No es que sea de miedo, no. El título, Einstein versus Predator, ya lo deja bastante claro. Y por si no fuera así, la etiqueta inferior, “Ciencia ficción, superhéroes y las leyes de la física”, no deja lugar a dudas.

A lo largo de sus 300 páginas y como continuación a su anterior libro, La Guerra de Dos Mundos, Sergio Palacios se erige por derecho propio en azote de la incorrección física —mucho más intolerable que la incorrección política, a mi juicio— de guionistas y productores de Hollywood, cuando no de autores de novela o comic de superhéroes. Una incorrección que, si el resto de los aspectos de la película son pretendidamente realistas, suele quedar alojada en el inconsciente colectivo y pasar a formar parte de una cultura científica que hace aguas por todas partes.

Y luego, claro, nos parece normal que se solucione todo a base de bombas (si no han visto al autor del libro en acción, no se pierdan este video).

Y es que la lista de temas especulativos que aborda la ciencia ficción es casi infinita, y la lista de patadas al libro de física que contienen es, por desgracia, casi igual de larga. Por sus páginas o fotogramas han pasado, más bien poco acierto, civilizaciones extraterrestres, el fin del mundo, la criogenia y la reanimación de cadáveres, la terraformación, la antigravedad, o los planetas en forma de cubo, por poner algunos ejemplos que Sergio Palacios aborda en Einstein versus Predator.

Sin embargo, el libro no se limita a enumerar y sacar punta a los errores de bulto de las películas de ciencia-ficción, lo que terminaría siendo aburrido, sino que hace algo mucho mejor: usa algunos de estos errores (salvo en el caso de una película sorprendentemente rigurosa, pero no les digo cuál) como excusa para desgranar la física que se esconde tras ellos.

Así, Sergio Palacios nos cuenta lo que la Ciencia tiene que decir acerca de los viajes hiperespaciales, los agujeros de gusano, los universos paralelos, o la diferencia nada trivial entre convertirte en murciélago o en niebla si eres conde y vives en un castillo en Transilvania. Y lo hace combinando con maestría exposiciones claras y rigurosas con un lenguaje llano, desprovisto de la aridez de expresiones matemáticas y exponentes. Un lenguaje de tú a tú, hablado en un tono socarrón, jocoso, e irreverente —y hasta con algún que otro punto escatológico, si me apuran. Y, de paso, por el camino, cuenta un montón de anécdotas interesantes que abarcan desde la historia de la ecuación de Drake hasta el menú Barcelona de los astronautas de la ESA y la forma de cocinar los alimentos en el espacio.

En resumen, y como bien dice alpoma en su reseña en Tecnología Obsoleta, Einstein versus Predator es un libro de física camuflado. De modo que, tanto si algo le chirría cuando el bueno descarga su pistola desintegradora sobre las hordas de malos, como si está harto de que se la cuelen en el cine, o si simplemente está buscando un libro de divulgación de física ameno y muy divertido para regalar estas navidades, le recomiendo encarecidamente Einstein versus Predator. Recomendación que casi convertiría en obligación moral en caso de que sea usted guionista, productor, o simplemente escriba relatos de ciencia-ficción. O no; puede, que, como yo, acabe teniendo pesadillas ante lo que se le viene encima.

Las nebulosas planetarias también pueden

Imagen de HST de Mz 3, la nebulosa planetaria de la Hormiga

Vivimos en un mundo regido por átomos. Utilizamos uranio para obtener energía en las centrales nucleares, o combinamos carbono con oxígeno en las de carbón. Durante siglos hemos medido la riqueza por la cantidad de oro y plata que se poseía; antes de eso, por la de un enlace iónico de cloro y sodio (en otras palabras, sal). Fabricamos objetos duraderos con aleaciones de hierro, carbono, aluminio y cromo. Nos matamos los unos a los otros con plomo acelerado mediante la explosión de una mezcla de carbono, azufre, oxígeno, nitrógeno y potasio. Usamos mercurio para tomarnos la temperatura, tenemos relojes con núcleo de cuarzo y nos comunicamos mediante dispositivos cuyo corazón es de silicio y cobre. Nosotros mismos estamos formados por miles de cuatrillones de átomos de oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, calcio, fósforo, potasio…

Inmersos como estamos en la vida cotidiana, sin embargo, casi nunca nos paramos a pensar de dónde vienen esos elementos. Y es que todos los átomos de todos los elementos químicos que existen en todo el Universo —salvo por el hidrógeno, una pequeñísima fracción del helio y una fracción ridícula de elementos más pesados que resultaron del Big Bang— fueron forjados en el interior de estrellas que ya no existen como tal, y expulsados al espacio interestelar en forma de nubes de gas al morir aquellas. Una vez allí, las nubes se agregaron poco a poco en grumos más y más densos por pura y simple atracción gravitatoria, hasta que el núcleo de cada una de las nubes alcanzó tal temperatura y tal presión que se encendió como un horno. Así nació una nueva estrella, alrededor de la cual el disco residual de gas se condensó y enfrió hasta formar planetas.

Sí, las estrellas son unos bichos de lo más curioso: nacen, crecen, mueren… y se reproducen. Leer más »

Nibiru junto al sol, crónica de una investigación

Hace unos días me alertaron sobre un fenómeno extraño que al parecer viene ocurriendo las últimas semanas: al hacer una foto del cielo diurno, es posible distinguir un pequeño disco muy brillante próximo al Sol, que se atribuye al fatídico y secreto planeta Nibiru. Por si usted no lo sabía, Nibiru es un planeta supuestamente conocido por los Babilonios, cuya órbita errática y caprichosa lo lleva tan cerca de la Tierra este año que su influencia es la responsable de las últimas catástrofes naturales en nuestro planeta. Aunque cualquiera puede comprobarlo tomando una fotografía, la existencia de Nibiru es sistemáticamente ocultada y silenciada por la comunidad astrofísica al completo, por intereses tan oscuros que ni siquiera a los que formamos parte de ella nos quedan nada claros.

Como tú eres astrónomo, seguro que me sacas de dudas” decía mi amigo. Así que ni corto ni perezoso, me armé de gafas de sol, saqué la cámara, cerré el diafragma a tope para que el Sol no saturara demasiado y tomé una foto del cielo. Y efectivamente, allí estaba: junto al disco incandescente de nuestra estrella, había otro, mucho más pequeño, pero de brillo similar. ¿Qué podría ser?

Foto del cielo tomada en Madrid el 4 de mayo a las 19:00. ¿Qué será el objeto brillante junto al Sol? | Foto: Miguel Santander

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