Artículos de Mapoto

Puente sobre el LeteoPuente sobre el Leteo | http://puenteleteoblog.blogspot.com/ | @Mapoto

Por su despiadada capacidad para sobrevivir en los exámenes para los que no había estudiado (cuenta la leyenda que aprobó un examen oral diciendo “sí” de manera tan rotunda que convenció al examinador) se licenció en Medicina. Cuando pensó que por fin iba a tener algo de tiempo libre que aprovechar haciendo el imbécil en su blog, descubrió que no le iban a pagar por ser licenciado, al parecer, había que trabajar. Un error informático, propició que empezara a trabajar en uno de los hospitales de Tenerife (las autoridades sanitarias de la isla no desvelan en cual de ellos se encuentra para evitar la desbandada). Él avisó del error, pero no le hicieron puñetero caso. Actualmente, hay días en los que tiene tiempo hasta para respirar.

¿Un ictus? No, no, nosotros no tenemos plantas en casa

Contábamos el otro día la previsible y educativa historia de la muerte, a plazos, del sedentario y buen califa “al-Mustansir Bi-llah” al-Hakam II pero también nos dejamos muchas cosas por el camino. Porque, amiguitos, el bueno de al-Hakam tuvo dos ictus —eso lo tenemos claro— pero, ¿sabemos lo que es un ictus?

En 2003 se realizó mediante entrevista telefónica un sondeo sobre la percepción que tenían los españoles de lo que era un ictus. Para empezar, y como ejemplo clarificador, sólo el 4,5% de los encuestados conocían el significado de la palabra “ictus”.

El 60% de los participantes fueron capaces de mencionar al menos un factor de riesgo de esta enfermedad —quien leyera la educativa historia de al-Hakam ya sabrá unos cuantos— pero sólo el 33% nombró al menos un síntoma de ictus sin ayuda.

Dicho de otra manera, si tienes un ictus mientras estás de parranda, por ejemplo, sólo un tercio de los parranderos sabrá que estás teniendo un infarto o un derrame cerebral y que están ante una situación potencialmente grave en la que hay que actuar rápidamente. Pero no te preocupes, tú sigue tocando el timple. Leer más »

La previsible y educativa historia de la muerte, a plazos, del sedentario y buen califa “al-Mustansir Bi-llah” Al-Hakam II.

El buen al-HakamII era un califa honrado, más propenso a destrozar la cabeza de un buen bogavante o partir la pierna de una suculenta res, que a partirlas o destrozarlas en la batalla. Leía y pensaba… y mira si habremos retrocedido desde entonces.

Adelgazó para hacerse la estatua. Creo...

Era un tipo de pelo blanco tirando a rojo, de grandes ojos negros, nariz aguileña, voz fuerte,piernas cortas y cuerpo fornido. Tenía el cuello corto, antebrazos demasiado largos y un acusado prognatismo.

Cuando llegó al trono optó por llamarse al-Mustansir Bi-llah (“el que busca la ayuda victoriosa de Alá”, la fracasada que se la quede otro), aunque le costó decidirse, de hecho, en algún momento se planteó llamarse “el que busca por todo el palacio a la libidinosa y concupiscente Radhia”, quien más tarde se convertiría en su mujer, pero una concubina esclava se lo quitó de la cabeza. Digamos que le sonreía la suerte*.

Sin embargo, el 30 de noviembre de 974 se le paralizó un lado del cuerpo. Lo fue notando; mano débil, muy débil, muerta. Y también su pierna. Y quizá su rostro.

Para cuando se dio cuenta de lo que sucedía tuvo que pedir ayuda a los asistentes para no caer al intentar levantarse del asiento. Tenía paralizado medio cuerpo, estaba hemipléjico**. Como si Dios lo hubiera castigado como hizo antes a Jeroboam y Zacarías, solo que ellos se recuperaron al instante —así es Dios***— mientras el pobre al-Hakam pasaría todo un mes luchando contra sus secuelas. Leer más »

Llámeme santo

San Vito, santo de aquellos que padecen danzomanía, San Avertino, santo de los epilépticos y de los que padecen de vértigo. No hay santos para los que mueren o quedan lisiados, no, si es que le había llegado la hora. Échale pelotas.

Los santos han sido ágiles para evitar lo que no se cura o lo que no es reversible.

De elegir, que sea una enfermedad del carajo que desaparezca al imponer las manos. Una epilepsia, una migraña, un “pedito atravesado”,… Que gire los ojos y se retuerza, que expulse espuma por la boca, que se orine encima y, luego, se recupere completamente gracias al santo correspondiente.

Paroxismo a mí, dijo San Osmundo, santo de las parálisis transitorias. Karol Wojtyla, el queridísimo Juan Pablo II, curó la enfermedad de Parkinson a la buena monja Marie Simon Pierre después de haber fallecido; se le apareció, la miró, fijó sus ojos en el repiqueteo de su manos y dijo: deja de tomar las pastillas, que Dios te curará. Y se curó a las pocas semanas, realmente se curó. Y, por si fuera poco, como nunca hasta ese día estrechó su contacto con Dios, que desde entonces le hablaba a todas horas. Milagro. Milagro del bueno. Santo, Juan Pablo, y sentado a la derecha del padre.

Sin embargo, la santidad es algo que no sólo tiene que ver con el clero. O eso creo yo, que soy santo y de esto sé un huevo. Santo, como muchos otros médicos. Santos porque erramos en el diagnóstico y la evolución de la enfermedad nos muestra el error en forma de curación, santos porque a veces falla la tecnología o fallamos nosotros y la tecnología y llegamos a conclusiones erróneas… y el paciente se cura. Somos santos porque quien está enfermo en algún momento acabará ante un médico y, de ellos, unos cuantos se curarán solos, que ya ves cómo es el cuerpo humano para estas cosas. Si todos los enfermos fueran al bar en vez de a los hospitales, las cervezas hubieran sido canonizadas hace siglos. Y ojo, si hacemos cálculos, más vidas ha salvado la cerveza que el mejor de los santos. Lástima de asesor de imagen. Sin ir más lejos, hace unos días nos visitó una joven de buen ver a la que le dolía el pecho y se medio desmayaba de cuarto en cuarto de hora… le masajeé los senos, y no es porque lo diga yo pero soy muy bueno masajeando senos, y la curé. Milagro. Milagro del bueno.

No es por dármelas, ni quererme comparar con Juan Pablo II, pero también suelo ser responsable de curar algún que otro parkinsonismo. Básicamente los que se dejan curar. Los hay que pasan semanas tomando fármacos para no vomitar y, en ocasiones, de tanto evitarlo les tiemblan las manos, se ponen rígidos,… se parkinsonizan, oiga. Y servidor, con ayuda divina o sin ella, usado o no como instrumento humano por el Espíritu Santo, acabo con el fármaco antiemético y, si el buen cerebro del buen joven está para ello, curo al paciente. Milagro, Indalecio, milagro del bueno.

Jeroboam con cara de terror tras sufrir un ictus isquémico transitorio

Y cuando llega alguien que de repente se queda afásico y hemipléjico, ¿acaso si se recupera desde que lo veo hasta que lo preparo todo para tratar la complicada situación no soy yo el responsable, santo al fin y al cabo, de su curación? Los fármacos solo pueden ser los responsables tras administrarlos, nunca antes, y el único que ha mediado entre la enfermedad y su milagrosa curación es servidor, con su labia y gracejo (y a veces con los huevos de corbata pero eso es lo de menos). ¿No fue Dios el responsable de “secar la mano a Jeroboam” y de “dessecarla”? ¿No es Dios Todopoderoso?

No me llame Mapoto, llámeme San Mapoto y no se preocupe por la osadía que lo merezco. Y a su médico, a esa buena mujer que le atiende en Urgencias, no la llame doctora, llámela santa. Al buen señor que le ausculta llámelo San Julián y déjese de mierdas porque, amiguito, nosotros, al otro lado de Urgencias, somos santos escondidos entre la gente normal, escabulléndonos entre los mortales. Santos con todas las de la ley divina. Santos ciñéndonos a las leyes de Dios. Santos si nos dejamos llevar por el misterio.

Masajeando el seno

Porque, qué más da que el tratamiento de la esquizofrenia incluya fármacos que pueden parkisonizar a los pacientes —neurolépticos típicos y atípicos— y que su retirada pueda acabar con los síntomas (como también hace la metoclopramida para los vómitos u otros fármacos).

Qué más da que en el seno carotídeo se encuentren los receptores responsables de enlentecer los latidos del corazón cuyo masaje es útil en algunas arritmias cardiacas (que levante la manita quien pensó que los masajes los hacía en otros senos).

Qué más da que un ictus sea en ocasiones transitorio, que se disuelva el trombo, que se abra la arteria antes de que se produzca daño. Qué más da. Qué más da saber todo eso si lo realmente interesante es el misterio, si lo que importa es abrir la mente hasta que se te caiga el cerebro al suelo.

El sanguinario narcisista de párpados caídos, rostro cetrino y paso lento Adolf Hitler y el tratamiento compulsivo del Doctor de gestos rastreros Theodor Gilbert Morell

Delgado, casi esquelético, ojos oscuros, párpados caídos, rostro cetrino, bigote descuidado.

Año 1923

Iba de un lado a otro a paso lento y trabajoso, inclinando hacia delante la parte superior del cuerpo y arrastrando los pies. Le faltaba el sentido del equilibrio […] De la comisura de sus labios goteaba a menudo la saliva

Año 1945

Sí, pero en el ínterin la lió parda el cabronazo…

Año 2011

La primera cita corresponde a su aspecto tras cumplir los 24 años, cuando abandonó Austria para buscar fortuna en Munich, y le sirvió para no tener que volver a su país de origen para hacer el servicio militar.

La segunda es la descripción que hace un oficial del Estado Mayor cuando se había recluido en el búnker del Reichtag para ver pasar sus últimos días.

La tercera es de mi padre cuando se enteró de que el individuo al que se referían las dos anteriores era Adolfo Hitler.

No creo que haga falta explicar quién fue el Adolfo y lo que hizo, seguramente cada uno tendrá, más o menos según el caso, alguna idea sobre ello. En cambio, lo que intentaré resumir serán los problemas de salud que tuvo y como estos y su tratamiento pudieron influenciar en el inicio y desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. Poca cosa, vamos (y no, amiguitos, la intención no es decir que el Adolfo era un buenazo al que le salió un uñero y, los cojones, que ganas le entraron de invadir Polonia). Leer más »

El difícil parto de la parálisis agitante por la preclara mente de James “Old Hubert” Parkinson y el sagaz ingenio del insigne y meticuloso Jean Martin Charcot

Hablábamos el otro día del inquieto geólogo, inoculador de vacunas, mentiroso a tiempo parcial y radical James “Old Hubert” Parkinson. Hablamos de él pero no de la enfermedad que describió y a la que finalmente prestó nombre. Lo haremos hoy, si les parece.

Realmente, Parkinson no descubrió la enfermedad de Parkinson (como tampoco la padeció, el bueno de James murió a los 69 años tras un ictus hemisférico izquierdo que lo dejó afásico y con hemiplejía derecha)*, en el Libro de Job o en el Eclesiastés ya aparecen referencias al temblor persistente como castigo divino, y también aparece en textos de la medicina china o hindú (al parecer, en el texto Basavarajiyam se hace una descripción primitiva de la enfermedad bajo el nombre de Kampavata… e incluso se hace referencia al uso de plantas ricas en levodopa para su tratamiento). Hipócrates, por su parte, habla del temblor y Averroes, el bueno de Abū l-Walīd Muhammad ibn Ahmad ibn Muhammad ibn Rushd, llega incluso más lejos dejando caer síntomas como la inestabilidad de la marcha.

“...temblarán los guardianes de la casa y se encorvarán los hombres fuertes...” | (los guardianes representarían las manos y los hombres fuertes los hombros)

Sin embargo, mención aparte merecen las cartas del gran Friedrich Wilhelm Christian Carl Ferdinand, barón de Humboldt, más conocido como Wilheim von Humboldt**, hermano del también ilustre Alexander von Humbolt. Wilheim no era médico, no podía ser perfecto, pero tenía Parkinson y sabía escribir. Suyas son las primeras notas autobiográficas de la historia natural de la enfermedad. El temblor de reposo, la “especial torpeza” para la escritura, la acinesia, las posturas anormales, el “temblor interno no visible por otros, con distorsión de la continuidad del movimiento”. Probablemente, la descripción semiológica de la enfermedad es aún más completa que la que realiza el propio Parkinson… pero Wilheim no lo consideró una enfermedad, en cambio, se lo tomó como un envejecimiento acelerado. Leer más »

El inquieto geólogo, inoculador de vacunas, mentiroso a tiempo parcial y radical James “Old Hubert” Parkinson

El bueno de James Parkinson, de los Parkinson de toda la vida (y nunca mejor dicho, su abuelo, su padre y su hijo fueron cirujanos/boticarios en el mismo barrio londinense sucediéndose en el cargo), era una mente inquieta.

Cierto es que siguió los pasos de su padre y educó a su hijo para que siguiera los suyos, pero en el entretiempo, entre el amor filial y el paterno, se dejó llevar por su instinto. Y no nos referimos a la descripción de la enfermedad por la que se le conoce.

Así, según su colega el doctor Gideon Mantell, James venía a ser un tipo…

Algo por debajo de la estatura media, con un intelecto enérgico, semblante agradable y maneras encantadoras y corteses, comunica fácilmente cualquier tipo de información sobre su ciencia favorita o sobre cualquier materia profesional

Y no crean que es fácil saber cuál era su “ciencia favorita”… aunque la intuición nos pueda sugerir que se tratara de la medicina. Según él mismo diría “siempre había tenido una curiosidad insaciable en investigar los misterios del mundo natural”, y nada más natural que reunirse con otros colegas ilustres como Humphry Davy, William Babington, Arthur Aikin y George Bellas Greenough en la Freemason’s Tavern

- María, que me voy con los colegas a la taberna y tal.
- Qué desperdicio, James, te pasas la vida bebiendo.
- Que no mujer, que hablamos de ciencia y eso…

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Enfermedad y arte

Estaba paseando por un sendero con dos amigos. Se puso el sol. Sentí un ataque de melancolía. De pronto el cielo se puso rojo como la sangre. Me detuve y me apoyé en una barandilla muerto de cansancio y miré las nubes llameantes que colgaban como sangre, como una espada sobre el fiordo azul oscuro y la ciudad. Mis amigos continuaron caminando. Me quedé allí temblando de miedo y sentí que un grito agudo interminable penetraba la naturaleza

Edvard Munch

El grito | Edvard Munch

A veces, la enfermedad se hace arte. No es que Edvard Munch fuera esquizofrénico, padeciera un síndrome ansioso-depresivo, fobia social, agorafobia o neurosis, quizá se tratase únicamente de un muchacho que vio morir a su madre y a su hermana Sophie de tuberculosis, a su hermana Laura sucumbir en un centro para enfermos mentales o a numerosos amigos quedar en el camino. “Enfermedad, muerte y locura fueron los ángeles negros que velaron mi cuna y desde entonces me han perseguido durante toda mi vida”. Quizá sólo tuvo un trastorno de la personalidad, caracterizado por la introversión, junto con un excesivo consumo de alcohol. Quizá.

Lo cierto es que a través de su obra podemos ver indicios de ese sufrimiento y, siguiendo el rastro de sus pinceladas, casi podemos distinguir los signos que deja su padecimiento, fuera el que fuera (y cuando digo fuera el que fuera, me refiero a que estamos conjeturando lo que ocurrió y podemos estar metiendo la pata… perfectamente) Leer más »

Las dos enfermedades contagiosas que acabaron con la resistencia de los guanches

Le Canarien | Fuente Wikicommons

Unos dos años después de que Colón se tropezara con América en viaje al Oriente, aún permanecía sin conquistar la isla de Tenerife. Las anexiones de nuevos territorios a la corona de Castilla se sucedían una tras otra pero Las Afortunadas parecían resistirse a correr el mismo destino que el Nuevo Mundo.

Si bien la conquista de Lanzarote, Fuerteventura y el Hierro fue llevada a cabo a principios del siglo XV por Jean de Bethencourt y Gadifer de la Salle, y la de La Gomera por Hernán Peraza “el Viejo” en torno a 1430 (se llamó a éstas, islas de señorío), la conquista de Gran Canaria, La Palma y Tenerife tuvo que ser acometida con apoyo de La Corona y dejó en su haber alguna de las mayores derrotas del ejército castellano de la época.

Así, tras tomar Gran Canaria y La Palma, el encargo de conquistar Tenerife recayó en Fernández de Lugo, que había terminado la de Gran Canaria y conseguido la de La Palma. Sin embargo, no empezó con buen pie el de Lugo, que era de Sanlúcar de Barrameda, a pesar de contar con el apoyo de casi la mitad de los territorios en los que estaba dividida la isla…

-¿Cuál es la táctica, Señor?

-Nos metemos por esos riscos y barrancos sembrando la muerte a nuestro paso.

-Pero luchando en su terreno les estamos dando ventaja.

-Va, ventaja ni nada.

Y, efectivamente, sembraron la muerte… pero la de unos dos mil castellanos y la de unos cuantos dientes que le arrancó de cuajo una pedrada al mismísimo Fernández de Lugo. La Matanza de Acentejo fue llamada posteriormente aquella batalla (aún hay un pueblo que lo recuerda).

Mural en La Matanza de Acentejo | Fuente

Sin embargo, no todo lo que pudo ir mal  fue mal para Fernández de Lugo; por otro lado,  Bencomo, el líder de los bandos de guerra guanches decidió contraatacar en la que se llamó la Batalla de Aguere (en la actual San Cristobal de La Laguna)…

-¿Cuál es la táctica, Señor?

-Nos metemos por esa llanura sembrando la muerte a nuestro paso.

-Pero luchando en su terreno les estamos dando ventaja.

-Va, ventaja ni nada.

Y, efectivamente, sembraron la muerte… pero la de unos mil setecientos guanches y la del mismísimo Bencomo.

Conclusión: la primera enfermedad contagiosa que posibilitó la derrota de los guanches fue, sin duda, la estupidez.

Vayamos a por la segunda… Leer más »