Artículos de Hispa

Jorge IglesiasJorge Iglesias | http://elojodeltuerto.com/ | @Hispamail

Newton dijo una vez, parafraseando a Bernardo de Chartres: “Si he podido ver más lejos, es porque estoy sentado en hombros de gigantes”. La ciencia no es sino la historia de aquellos gigantes; hombres y mujeres que como el mismo Newton, Pitágoras o Marie Curie pusieron los ladrillos del conocimiento y la tecnología sobre los que hoy vivimos. Como estudiante aficionado de la historia, traeré a esta página la historia de estos personajes y sus descubrimientos. Luego, que el lector decida si, en conjunto, todo ese progreso ha sido para bien o para mal.

N-1, el fracaso lunar soviético

No nos engañemos: el objetivo fundamental de la «carrera espacial» desarrollada durante la década de los sesenta y setenta del siglo XX siempre fue la investigación y mejora de los cohetes… para poder lanzar misiles nucleares al enemigo con mayor efectividad.

En esta costosa carrera contaba todo, desde conseguir el motor-cohete más fiable y potente, pasando por las computadoras de cálculo de trayectorias y su software asociado, hasta los escudos térmicos para la reentrada atmosférica de las cápsulas espaciales, transportaran éstas astronautas o bombas atómicas. ¿Qué mejor laboratorio de pruebas podía existir para probar todas esas tecnologías que una carrera con el enemigo para ser los primeros en pisar la Luna?

Los soviéticos fueron los primeros en ponerse en cabeza de la carrera al colocar el primer satélite artificial en órbita en 1957 (el famoso Sputnik-1), repitiendo en 1961 la hazaña al poner en órbita la Vostok-1 con Yuri Gagarin a bordo: el primer hombre en el espacio. Los cohetes R-7 (una versión modificada del misil intercontinental SS-6) supusieron un gran éxito para la Unión Soviética, y fueron capaces no sólo de lanzar un satélite al espacio, sino de enviar las primeras sondas de exploración a la Luna. Tras varios intentos, la Luna-3 consiguió rodear la Luna y fotografiar su cara oculta por primera vez en 1959.

La filosofía de la carrera espacial rusa empezó a basarse en trabajar sobre lo que funcionaba bien, mejorarlo en lo posible y utilizarlo hasta la saciedad. Después de los Vostok y Vosjod, meros prototipos para pruebas de supervivencia en el espacio, la oficina de diseño rusa de Serguei Koroliov empezó a trabajar en el diseño de la nave Soyuz, que efectuaría su primer vuelo en 1967. Todas estas naves espaciales volarían al espacio montadas sobre distintas versiones del mismo cohete que lanzó al Sputnik: el cohete R-7. Tal fue el éxito de este sistema de lanzamiento que, cuarenta y cuatro años más tarde, las naves Soyuz y sus cohetes R-7 modificados son actualmente el único sistema de lanzamiento tripulado en servicio «regular» que existen, después de la retirada de los transbordadores espaciales norteamericanos.

Sin embargo, para enviar una expedición tripulada a la Luna hacía falta algo con más…reprís. De hecho, hacía falta un cohete monstruoso de al menos tres etapas, capaz de poner en órbita baja terrestre una masa equivalente a más de 1.000 sputniks,aproximadamente unas 100 toneladas. Mientras Wernher von Braun elaboraba el programa Apolo-Saturno para los Estados Unidos, los ingenieros soviéticos de Serguei Koroliov diseñaron el cohete Nositel-1 o N-1.

Pero el cohete N-1 demostró ser una pesadilla para los rusos. Los 30 motores de su primera etapa nunca llegaron a funcionar con la efectividad necesaria como para hacer despegar el cohete de forma segura, y sus cuatro lanzamientos de prueba entre 1969 y 1972 se saldaron con estruendosas explosiones, de manera que mientras Koroliov se daba cabezazos contra aquel diseño claramente deficiente, los norteamericanos colocaron a una docena de hombres sobre la Luna y les hicieron volver con seguridad a casa.

En realidad, toda la misión lunar rusa parecía un poco cogida por los pelos, ya que requería de un paseo espacial en órbita lunar para transportar a un único astronauta desde la nave soyuz hasta el exiguo módulo de descenso lunar en el que tendría que realizar él solo toda la misión en la superficie y volver a la órbita para, con un nuevo paseo espacial, regresar a la soyuz antes de poner rumbo de vuelta a la Tierra.

Por si la competencia norteamericana fuera poco, en la misma Unión Soviética había surgido un serio oponente al cohete lunar N-1: Vladimir Cheloméi, un ingeniero constructor de misiles intercontinentales proponía la construcción del cohete UR-700, con mayor capacidad de carga que el N-1. Los fracasos continuos del N-1, la muerte de Koroliov en 1967 y los éxitos de los cohetes de Cheloméi como el UR-500 (hoy conocido popularmente como «Protón» y que ya por entonces estaba enviando con éxito sondas a la Luna y poniendo en órbita las estaciones espaciales Salyut) dieron definitivamente la puntilla al programa lunar tripulado ruso.

Younger Dryas: ¿La civilización vino del frío?

Lago Agassiz

Hace unos 13.000 años, las condiciones climatológicas de la Tierra se habían recuperado tras los rigores de la última glaciación. El hombre de neanderthal, que había dominado Europa y parte de Asia durante los últimos 300.000 años, se había extinguido para  siempre. El mundo era ahora del homo sapiens, un nuevo tipo humano que, aprovechando el puente helado de Bering durante el periodo glaciar, se había introducido también en América, conquistando así todas las tierras habitables del planeta.

Cerca de la costa mediterránea de Oriente Próximo, las primeras culturas sedentarias habían abandonado el nomadeo, estableciéndose en poblados situados en las zonas que ofrecían las mejores condiciones para la recolección y la caza durante todo el año. El clima ayudaba, ya que la mayor humedad y las temperaturas menos extremas habían convertido gran parte de la región en bosques y ricas sabanas donde crecía el cereal silvestre y abundaba la caza. Era el momento de la cultura natufiense; una de las primeras culturas humanas que estableció asentamientos permanentes. Leer más »

El Carbono 14 para torpes

Cuando escribimos un post sobre ciencia en una página de divulgación como ésta podemos caer en el error de asumir que los lectores van a ser capaces de entender aquello sobre lo que queremos hablar; sin embargo, esto no tiene porqué ser necesariamente así. Mi libro de ciencia favorito, Una breve historia del tiempo, de Stephen Hawking, no contiene ni una sola fórmula matemática, lo que facilita la comprensión de las conclusiones del autor sin perdernos en unas complicadas matemáticas. El lector no familiarizado con la física ni con las matemáticas no tiene más remedio que creer que lo que lee es cierto, ya que no dispone de medios para comprobarlo por sí mismo.

Aunque pueda cotejar la información en otras publicaciones, son otros científicos con los conocimientos necesarios quienes únicamente pueden certificar la autenticidad de lo escrito. Afortunadamente, cualquier persona que se esfuerce en estudiar puede llegar a comprender la ciencia e incluso llegar a «hacer ciencia» por sí mismo. La ciencia no es, como si dijéramos, una religión, y la comunidad científica tiene como sana costumbre basar su modus operandi en el escepticismo: Ningún experimento se da nunca por válido hasta que ha sido repetido al menos por otro equipo de científicos por sus propios medios con resultados satisfactorios. Por eso animo a los lectores de este post a examinarlo con espíritu crítico, cotejando lo que aquí diré en otras partes si el interés por la materia le mueve a ello y criticando sin pudor cualquier información que se demuestre errónea. Como debe ser.

Hoy voy a contar la peculiar historia del carbono 14 (14C). Este raro y escaso elemento de la naturaleza es desde hace mucho tiempo un asiduo protagonista en las noticias sobre ciencia e historia. Gracias a las dataciones por el método del carbono 14 ha podido establecerse una cronología absoluta de las edades y la evolución del hombre desde la prehistoria hasta nuestros días. Esto lo convierte en una valiosísima herramienta para el estudio de nuestro pasado.

Pero empecemos desde el principio: ¿qué es el carbono 14? ¿de dónde procede? y sobre todo ¿cómo se utiliza para determinar la antigüedad de algo? Leer más »

La tablilla de Ammisaduqa, una mirada al cielo de hace 3.700 años

Nínive era la joya del Tigris: una ciudad magnífica cuyas raíces se remontaban a los albores de la civilización. Gracias a las bibliotecas y archivos construídos por sus reyes, Nínive fue la conservadora del conocimiento antiguo de Babilonia, de la historia, las leyendas y la hermosísima literatura de sumerios, acadios y babilonios: los primeros hombres que dominaron el arte de la escritura. Situada en el punto de encuentro de las rutas comerciales que conducían al Mediterráneo y Asia Menor por un lado y las que llevaban a la India y Arabia por el otro, Nínive era una ciudad de riquezas y poder en el violento y semisalvaje mundo del siglo VII a.C.

Pero Nínive era también objeto de las envidias y odios de sus vecinos. Los asirios se distinguían por la crueldad que desplegaban contra sus enemigos, a los que sometían, saqueaban, vejaban, torturaban y desfiguraban a la menor ocasión.

Por eso, cuando medos y babilonios se aliaron en el año 612 a.C. para acabar con el poderío asirio, no hubo piedad para Nínive, que fue incendiada y destruida hasta los cimientos. Era una destrucción ansiada por muchos pueblos, entre ellos los judíos, quienes registraron el evento en sus libros sagrados como un castigo divino por la ignominia de sus habitantes.

En otras circunstancias, el saqueo e incendio de una ciudad como Nínive hubiera significado la desdichada pérdida de su memoria cultural, cosa que sucedería posteriormente en otras ciudades como Cartago, Persépolis o el Bagdad califal.

En Nínive, sin embargo, la destrucción provocada por el fuego permitió que su mayor tesoro fuera conservado en excelente estado durante miles de años: Las tablillas de arcilla donde los escribas asirios habían registrado hechos, nombres, leyes e historia se convirtieron por obra y gracia de las llamas en duros ladrillos capaces de soportar el paso del tiempo.

Grabado de las excavaciones de Layard en Nínive | Wikicommons

Casi dos mil quinientos años más tarde, en 1849, el joven aventurero y arqueólogo Austen Henry Layard hizo uno de los mayores descubrimientos de la arqueología a nivel mundial: excavando bajo las recientemente descubiertas ruinas de Nínive encontró los restos de la biblioteca del rey Asurbanipal, uno de los últimos reyes asirios que gobernó el Imperio antes de su caída. Leer más »

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