Como mucha gente que ha tenido contacto con el mercurio, siento una extraña fascinación por él desde que, durante el Bachillerato, un fraile que nos daba Química se vino a clase con un pequeño bote que pesaba como una botella de litro de agua. Su brillo, su tendencia a formar gotas tanto más esféricas cuanto más pequeñas, gotas extraordinariamente traviesas en cualquier superficie y con tendencia a juntarse en cuanto se encuentran en sus trayectorias, es algo que no deja insensible a casi nadie.
Luego, como profesor de Química Física en la Uni y durante muchos años, he tenido tiempo para hablar de los valores elevados de la densidad y la tensión superficial del mercurio (causantes de esos sorprendentes efectos), y he jurado en hebreo cuando mis estudiantes han roto decenas de termómetros del mismo y he tenido que recoger, con mimo de detective (y muchas veces a cuatro patas en el suelo), hasta la más mínima gota que se hubiera derramado (labor casi imposible hasta sus últimas consecuencias). Leer más »







