No hay dudas que las radiaciones ionizantes son nocivas, pero usadas de manera controlada pueden traer grandes beneficios para la salud. Las radiaciones ionizantes no gozan de una buena reputación, peor aún desde el accidente ocurrido en la central nuclear de Fukushima en Marzo del 2011. No vamos a negar que son perjudiciales, pero si vamos a tratar de reivindicarlas con la sociedad explicando su importancia en el diagnóstico y tratamiento de ciertos tipos de cáncer, por más irónico que parezca.
Básicamente, las radiaciones ionizantes engloban tanto a las ondas electromagnéticas como a las partículas subatómicas que, gracias a la energía que transportan, tienen la capacidad de desprender un electrón de cualquier otro átomo (un proceso conocido como ionización). Cuando una de nuestras biomoléculas pierde un electrón, se vuelve inestable y muy reactiva, afectando su función. Si el ADN es el perjudicado, se generan mutaciones que podrían desencadenar en la muerte de la célula o en el desarrollo de un cáncer.
Sin embargo, no todas las células de nuestro cuerpo presentan la misma sensibilidad a las radiaciones ionizantes. Por ejemplo, las células embrionarias y germinales son más radiosensibles que las células musculares y nerviosas.
En 1906, dos médicos franceses llamados Jean Bergonié y Louis Tribondeau, estudiaron el efecto de las radiaciones ionizantes sobre los tejidos de ratones y promulgaron su famosa Ley de la Radiosensibilidad, la cual se resume en que las células con una mayor actividad mitótica (mayor proliferación celular), menor diferenciación (células madre y multipotentes) y mayor actividad metabólica, son más radiosensibles. Y son precisamente estas características las que están presentes en las células cancerosas.
Entonces, ¿se podrían aprovechar las radiaciones ionizantes para matarlas? Leer más »







