Artículos de Arturo Quirantes

Arturo QuirantesArturo Quirantes | http://fisicadepelicula.blogspot.com/ | @elprofedefisica

Soy profesor de Física en la Universidad de Granada. Mi investigación se centra en el estudio de aerosoles atmosféricos mediante técnicas de dispersión de luz. Mis aficiones incluyen Internet, la criptografía y leer como un cosaco. Y además me ha picado el gusanillo de ser mejor profe, que ahora que viene Bolonia hay que ser innovador, chachipiruli y de calidad. Eso me ha impulsado a crear un proyecto docente para enseñar Física mediante ejemplos de películas de todo tipo. Y encantado de la vida.

El efecto Brian Cox

La Física es un campo apasionante. Siempre me ha atraído, y ahora que soy físico me siento como pez en el agua. A pesar de todos los tópicos sobre los físicos, todavía no he encontrado a nadie que haya salido corriendo cuando digo a qué me dedico. Bueno, una vez un abogado se apresuró a retirarse un par de metros, como si yo fuese radiactivo. Pero por lo demás, los físicos somos como una vez me dijo mi hermano: colectivamente, unos bichos raros; individualmente, personas normalitas.

Hay, sin embargo, una reacción que siempre me apena cuando sucede. Casi invariablemente, cuando digo que soy físico, alguien del grupo me habla de lo mucho que le gustaba y acaba diciéndome algo así como “incluso me lo planteé como carrera, pero luego tuve a un profesor en el instituto que…”  Y en ese momento, el alma se me cae a los pies.  Otro profesor funesto.  Otra persona desmotivada. Otra vocación perdida.

Hacerse físico requiere de muchos mimos, comenzando por el entorno familiar, siguiendo por el colegio y el instituto.  Hay de sopesar muy seriamente las salidas laborales, plantearse si uno podrá vivir de la Física, preguntarse por qué tendría uno que meterse en una carrera ardua y difícil que no te servirá para opositar a Notarías o a la Policía Local. Y, por supuesto, la elección está muy condicionada por el entorno social, los amigos, lo que mola y no mola.  Si les digo que ahora hay más niños aspirando a ser el nuevo Messi que el nuevo Einstein, creo que no les desvelo ningún secreto. Leer más »

El capitán Bernoulli la lía parda de nuevo

Crucero Costa Concordia | Imagen Rvongher Wikicomons

Esta parece ser temporada de trastazos.  Apenas acabamos de dejar a la Phobos-Grunt hundiéndose en las aguas del Pacífico, y ahora tenemos un buque hundido frente a las costas italianas.  El interfecto, que respondía al nombre de Costa Concordia, sigue a estas horas encallado frente a las costas de la isla de Giglio.  Afortunadamente para las más de 4.200 personas que lo ocupaban (entre tripulación y pasajeros), las aguas eran tan poco profundas que el buque sigue parcialmente a flote, descansando sobre su costado de estribor.  En el momento de escribir estas líneas, todavía hay algunas personas desaparecidas.

Surge enseguida la pregunta: ¿cómo es posible que sucediese tal desaguisado?  ¿Qué tenía el capitán Schettino en la cabeza cuando ordenó que su barco, con un tonelaje que duplica el del Titanic, se acercase a la costa como si de un yate de recreo se tratase?  Aparentemente, parecía que lo que tenía era … mucha tontería.  Si se confirman las primeras informaciones, parece que el capitán maniobró de forma imprudente para saludar a los habitantes de la isla, en una tradición que se remonta muchos años atrás.  Las causas exactas habrán de ser determinadas con sumo cuidado, aunque todo apunta al consabido error humano. Leer más »

Desenlace del plagio, digo duplicación, en la Universidad de Vigo

Hace algún tiempo, Francis (en amazings.es) y el que firma (en Física de Película), entre otros, nos hicimos eco de un caso de “duplicación creativa” acaecido en la Universidad de Vigo.

Dos artículos científicos, escritos en 2010 bajo la dirección del el catedrático Juan Carlos Mejuto, de la Universidad de Vigo (Departamento de Química Física, en Orense) fueron retirados de la revista en la que se publicó (Journal of Chemical and Engineering Data).  El motivo: parte de dichos artículos fueron copiados … no, lo diré mejor así: parte de dichos artículos eran idénticos a otros artículos, de investigadores distintos, publicados con anterioridad.

En declaraciones al diario El País, Mejuto asumió la responsabilidad, pero negó las acusaciones de plagio (reconozco que soy un chapucero, pero no un tramposo) y achacó la polémica a manos negras no identificadas (una política de acoso y derribo).  La revista, que no entiende de tales sutilezas, mantiene los artículos, pero con la indicación “retirado con fecha 11 enero 2011” (enlaces a los artículos aquí y aquí), y ha sancionado a los autores con dos años sin poder publicar en sus páginas.

La polémica, para vergüenza de la ciencia española, tuvo eco fuera de nuestras fronteras, llegando hasta el Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ), uno de los mayores diarios de Alemania (traducción en español).   Eso hacía imperativa una investigación seria, exhaustiva e independiente.  Y eso se hizo.  Más o menos.

Aunque la Sociedad Americana de Química retiró ambos artículos el 11 de enero de 2011, la Universidad no tomó medidas hasta el 29 de marzo, con la creación de un comité para investigar el asunto, y eso a petición de unos de los decanos de la Universidad; una comisión, por cierto, compuesta enteramente por miembros de la Universidad de Vigo incluyendo un doctorando del propio Mejuto (al parecer, al final se estimó que no era necesaria la participación de nadie de fuera).  Los resultados son sorprendentes.  A pesar de confirmar la, digámoslo así, copia de algunos párrafos (el análisis realizado indica que existe reproducción textual de partes de los manuscritos de otros autores), el hecho de que la revista implicada se especializarse en datos permite a la comisión deducir que no se trataría de un plagio de datos, ideas o resultados en el sentido estricto del término, sino de duplicación de ciertas partes de los textos. Leer más »

Telegrafía inalámbrica made in Spain

José María Mathé Aragua y la telegrafía óptica

La palabra telegrafía evoca imágenes de operadores manipulando pulsadores de baquelita, de señales Morse y líneas eléctricas cortando el paisaje.  Sin embargo, las primeras redes operativas de telegrafía en España –o, de hecho, de cualquier otro país- fueron de naturaleza muy distinta.  A comienzos del siglo XIX comenzaron a desplegarse las primeras redes de telégrafos ópticos, que consistían sencillamente en torres con distintos elementos visuales tales como semáforos, discos, paneles obturadores.  En cierto modo, resultan similares a los códigos de señales mediante banderas utilizados por las marinas de guerra, aunque en este caso las banderas eran sustituidas por elementos mecánicos de mayor envergadura.

Las primeras redes de telegrafía óptica se establecieron a finales del siglo XVIII en Suecia y Francia.  En 1794, los primeros mensajes llegados a París trajeron noticias sobre las victorias de los ejércitos franceses en  Le Quesnoy y Condé.   Entusiasmados por el éxito del novedoso medio de comunicación, una red de telégrafos ópticos atravesó Francia de un extremo a otro.  El propio Napoleón hizo buen uso de ellas durante su campaña de Rusia, gracias a una red de telégrafos móviles.

En España estuvimos a punto de poder desarrollar una red de telefonía óptica, pero las condiciones económicas y políticas no fueron favorables (sí, ya sé que en la Francia revolucionaria eran aún peores, pero así vienen dadas las cartas).  A pesar de un temprano intento realizado en 1799 (una línea de estaciones entre Madrid y Cádiz, que al final no pasó de Aranjuez), y de una rudimentaria red en la comarca de Cádiz entre 1805 y 1820, el telégrafo óptico tuvo que esperar tiempos mejores. Leer más »

Perdonen la insistencia, los nuevos informes vuelven a decirlo: No funciona…

Recientemente, Amazings se hizo eco de la polémica generada por la organización de un nuevo Curso universitario de Especialización en Homeopatía. El contenido y temática de dicho curso, impartido en la Universidad Pública de Navarra (UPNA) bajo la dirección académica de D.  Gregorio Tiberio López y Dª Inmaculada Vega Ortega, del Departamento de  Ciencias de la Salud de la UPNA, constituye algo preocupante.

El motivo es sencillo: la homeopatía es una técnica que, en más de cien años, no ha logrado convencer a la comunidad científica  acerca de su funcionamiento o validez. No se conoce su modo de actuación.  Sus principios físicos, químicos o médicos son desconocidos. Y, lo más  grave, los estudios epidemiológicos han sido incapaz hasta la fecha de demostrar su eficacia. Me permito señalarles al respecto los siguientes elementos de juicio:

- Un meta-estudio publicado en el British Medical Journal en 1991 sobre la homeopatía afirmó que “no es suficiente para establecer conclusiones definitivas por la baja calidad metodológica de los ensayos y por el papel desconocido que ha podido jugar el sesgo de las publicaciones”

- Meta-estudios similares publicados en la prestigiosa revista médica Lancet en 1997 y 2005 arrojaban resultados similar. El primero mostraba que un conjunto de estudios homeopáticos publicados hasta la fecha apenas mostraba una efectividad mayor que la debida al efecto placebo. El segundo estudio de Lancet en 2005 es aún más tajante: “No hemos encontrado, de esos estudios, pruebas suficientes de que la homeopatía sea claramente eficaz para ninguna condición clínica.

- En 2010, el Comité de Ciencia y Tecnología de la Cámara de los Comunes del Parlamento Británico, tras evaluar las pruebas científicas existentes,  recomendó dejar de financiar la homeopatía con cargo al sistema público de  salud, llegando a sugerir que se incluya en el etiquetado de los remedios  homeopáticos la advertencia de que en ensayos clínicos controlados no han  demostrado más eficacia que un placebo. La British Medical Association del  Reino Unido ha llegado a calificar oficialmente a la homeopatía  como “disparate.”

El cúmulo de evidencias al respecto de la falta de efectividad de los productos homeopáticos ha propiciado la creación de campañas como la que, en estos momentos, se lleva a cabo por medio de la plataforma de actuación electrónica actuable.es contra dicho curso.  No me repetiré reproduciendo de nuevo los argumentos que aparecen en esa petición.

Sí creo que ustedes, personas que afirman sinceramente que “a mí me funciona,” y usted, estimado lector, deben ser informados sobre la última evidencia aparecida al respecto. Se trata de un informe oficial titulado “Análisis de Situación de las Terapias Naturales, realizado por un grupo de expertos que incluye personal del Instituto Carlos III, el Ministerio de Educación y diversas Comunidades Autónomas.  Leer más »

El VLA busca nombre

Las grandes instalaciones científicas son usadas de modo habitual en muchas películas.  Desde la serie de Antena-3 El Barco, que comienza con la destrucción mundial causada por un experimento del CERN, hasta la película de 007 Goldeneye, donde el malo de turno tiene su base secreta en la gigantesca antena radioastronómica de Arecibo, y pasando por las instalaciones de lanzamiento desde donde la NASA lanza los transbordadores contra mil y un asteroides asesinos, la lista es muy larga.  Si hace algún tiempo vimos cómo Hollywood ha comprendido por fin la utilidad de llamar a un científico, parece que hay un “extra bonus” si, encima, colamos alguna instalación molona de alta tecnología.

Una de las más llamativas es el VLA (Very Large Array), que podríamos traducir como “cadena (o sistema) muy grande”.  Se trata de un sistema de radiotelescopios ubicado en medio de ninguna parte, Nuevo Méjico.  Sus 27 grandes antenas pueden proporcionar una resolución equivalente a la de un solo radiotelescopio de 35 kilómetros de diámetro.  Ya ha salido en varias películas, algunas de las cuales puede que haya usted visto.

La primera, por supuesto, es Contact.  Los espectadores (y los lectores del libro de Carl Sagan en que se basa la película) recordarán cómo la abnegada Eleanor Arroway se dedica a escudriñar el cielo, día tras día, en busca de señales de inteligencia extraterrestre.  En una escena podemos ver a una doctora Arroway (interpretada por Jodie Foster) con grandes auriculares sobre sus orejas, la mirada soñadora, sentada en el suelo de la pradera.  Teclea unos comandos en su ordenador, y de inmediato las antenas que hay tras de ella se mueven al unísono.  Desde allí se reciben las primeras señales de otra civilización, se diseñan las tácticas a seguir; y allí es donde acaba la película, con nuestra doctora dando una clase de campo a los niños.

Si le suena la clase, es porque ya la hemos leído antes. El propio Carl Sagan aparece junto al VLA al final del documental El filo de la eternidad, el que hace el número de 10 de su nunca bien ponderado Cosmos.  En mi copia del libro, el VLA aparece en la página 261, curiosamente traducido como “Dispositivo de Muy Gran Amplitud.”

El VLA también aparece en 2010, Odisea Dos, una película que pretende ser una secuela de la obra de Kubrik.  Comienza con imágenes del radioobservatorio en todo su esplendor. El doctor Floyd, antiguo presidente del Consejo Mundial de Astronáutica, trabaja ahora allí, como “rector de la Universidad”.    Caído en desgracia por la pérdida de la Discovery, se entretiene haciendo nadie sabe bien qué. En un mundo dominado por una guerra fría en proceso de calentamiento, el VLA sirve para poco más que para presentar a Floyd con un nuevo enigma.  No les cuento el resto por si desean ver la película (cosa que, ya les digo, se pueden ahorrar si quieren).

Con un poco más de respeto, y una pizca de humor, nuestro VLA aparece al comienzo de Independence Day. Allí aparece bajo el epígrafe de “S.E.T.I., Nuevo Méjico, Instituto para la Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre.”  En este caso, el modo de trabajo es algo menos serio que en Contact.  Un becario (o así) aburrido juega al minigolf en su puesto de trabajo, mientras suena de fondo It´s the End of the World as we Know it (“es el fin del mundo tal y como lo conocemos”) de los REM.  Suena un pitido de aviso, y a partir de ahí todo el mundo se pone en acción.  Los alienígenas vienen de camino.

Hay un par de películas más en las que aparece.  En Armageddon, aparece brevemente siguiendo la trayectoria del asteroide.  O al menos, eso dice la Wikipedia.  Yo no he podido confirmarlo (y lo siento, pero me niego a ver a Ben Affleck otra vez cantando como un adolescente).  De nuevo según la Wikipedia, también aparece en Terminator Salvation, donde se supone que es un centro informático de Skynet.  En este caso, sin embargo, discrepo de tal afirmación.  Es cierto que lo han intentado asemejar al VLA, pero si ven los fotogramas iniciales verán que se le parece bien poco.  Aun así, los cineastas lo consideraron una instalación futurista, que valía la pena introducir en el mundo futuro.

Sin embargo, el VLA cumple con misiones de observación científica mucho más prosaicas.  Recientemente, se ha terminado un gran proyecto de modernización que lo ha colocado en el siglo XXI (a tiempo para avisarnos de apocalipsis alienígenas y asteroides asesinos).   Y para celebrarlo, nada mejor que bautizarlo a lo grande.  Por lo visto, eso de llamar “sistema muy grande” a un sistema que es muy grande les parece ligeramente autoalusivo.  Puede que le tengan envidia al telescopio espacial (Hubble), quién sabe.  El caso es que buscan nombre.  Y quieren nuestra colaboración.

Ha leído bien.  El NRAO, propietario del cacharro, quiere que le ayudemos a poner nombre al VLA. En la web namethearray.com están recogiendo ideas para un nuevo nombre.  El nombre finalmente escogido será anunciado el próximo 10 de enero en una reunión de la American Astronomical Society.

Desde esta web, nos apuntamos al concurso (sin premio) y os animo a todos vosotros a participar.  Nuestra elección, por motivos obvios (pero que podéis añadir vosotros mismos en los comentarios) es, tachán, tachán …

y creo que sobran las palabras.

namethearray.com

 Venga, todos a votar.  Larga vida al Carl Sagan Very Large Array.

Neutrinos superlumínicos

El método científico funciona, entre otras cosas, porque cualquier teoría es válida solamente en la medida en que los datos experimentales la soporten. En cuanto encontramos que la naturaleza no se comporta como dice la teoría, valen dos únicas alternativas: o no hemos medido bien, o la teoría tiene fallos. En ambos casos, nuestros conocimientos sobre el cosmos se hacen más precisos.

Una de las consecuencias más conocidas de la Teoría de la Relatividad de Einstein es que nada puede acelerarse hasta viajar más rápido que la luz en el vacío. Lo hemos comprobado por activa y por pasiva, con resultado positivo. Recientemente, sin embargo, un experimento europeo ha puesto en duda esa afirmación. Un tipo de partículas llamadas neutrinos parecen haber recorrido una distancia en menos tiempo del que hubiera invertido la luz. A la espera de confirmar o refutar la validez de esos datos, lo cierto es que resulta un caso de libro de método científico: experimentación, formulación de hipótesis, verificación, comunicación. De eso hablamos hace poco por estos lares.

El experimento ha consistido en la medición de la velocidad de unas partículas llamadas neutrinos, que son el equivalente del monstruo invisible que los niños inventan para convencer a sus padres de que alguien (¡no ellos!) se ha comido las galletas y ha mojado la cama. En 1930, los físicos de partículas tenían un problema similar. El neutrón, al desintegrarse, da lugar a un protón y un electrón, y durante el proceso parte de la energía desaparecía. Wolfgang Pauli tuvo el valor de intentar explicar esta discrepancia postulando la existencia de una tercera partícula, invisible e indetectable, que se llevaría la energía restante. Por supuesto, sus colegas se rieron de él, pero al final el tiempo le dio la razón: el neutrino, sin carga eléctrica ni apenas masa en reposo, fue descubierto casi tres décadas después. Leer más »

El método científico, una herramienta maravillosa

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El tema de hoy me lo ha proporcionado un tuitero que me ha incluido un enlace con el desafiante título de ¿Qué demonios es la ciencia? Aunque proviene de un blog muy fuera de mi estilo (se llama “La revolución naturalista”), el provocador título del artículo no pudo menos que llamar mi atención. En él se menciona a Karl Popper y el llamado “problema de la demarcación” referente a la dificultad de definir los límites de eso que denominamos ciencia.

Para mí, que llevo bajo la sombra de la ciencia toda la vida (y no es exageración, mi padre era geólogo del CSIC), la ciencia es algo muy cercano. Tanto, que nunca he tenido problemas en saber qué es. Sin embargo, la ciencia goza de tan buena fama que muchos otros polizones intentan subirse a su tren, a menudo sin pagar billete. Y no me refiero tan sólo a las pseudociencias, que pululan por ahí en busca de reconocimiento y de las que hay mucho que hablar, sino a las “ciencias” de todo tipo que proliferan como setas últimamente. En mi propia Universidad, hay varias licenciaturas (bueno, pronto serán grados) que se denominan ciencias pero que no tienen nada que ver con la Facultad de Ciencias. Tenemos Ciencias de la Salud (Enfermería), Ciencias Económicas, Ciencias Políticas, Ciencias del Trabajo, Ciencias de la Educación, e incluso Ciencias de la Actividad Física y el Deporte.

Y la duda se extiende a otros estudios más o menos científicos. ¿Es la psicología una ciencia? ¿La frenología? ¿La homeopatía? ¿La parapsicología y el ocultismo? ¿Es algo científico lo que intenta hacer Iker Jiménez en sus programas? Constantemente nos habla de mediciones, psicofonías, grabaciones y todo tipo de parloteo tipo Cazafantasmas. Incluso intenta imitar en ocasiones a Carl Sagan ¿o por qué creen que llama a su plató de televisión “la nave del misterio”?). Puede que sí que nos haga falta una demarcación, siquiera somera, de qué entendemos por ciencia. Leer más »

Neil deGrase Tyson y sus problemillas con Plutón

Neil deGrasse Tyson es uno de las divulgadores favoritos en Amazings y hacía tiempo que quería subtitular una de sus más divertidas apariciones públicas: la presentación de The Pluto Files en el programa The daily show de John Stewart.

El correcto experimento fallido de Aidan Dwyer

Aidan Dwyer

Dentro del mundo de la ciencia existe una tribu que podemos llamar “aficionados al poder”. El miembro típico destila amor a la ciencia y la convierte en su hobby, científico de vocación, que no de profesión. Los astrónomos aficionados, que apuntan sus telescopios al cielo nocturno por pura ilusión, han hecho muchos descubrimientos relativos a cometas, lluvias de meteoritos o estudio de supernovas, por nombrar algunos. Casi cada rama de la ciencia tiene sus aficionados, especie de tropas auxiliares que a veces llegan donde los legionarios no pueden.

No se dejen engañar por el epíteto de “aficionados”. Ello no significa que sean unos pringadillos que no tienen ni idea. Por el contrario, algunos son unos verdaderos expertos en su campo. El término aficionado significa, sencillamente, que no son profesionales contratados, que no viven de ello. Si echamos un vistazo a la física de los siglos XVIII y XIX, nos sorprendería la cantidad de científicos “aficionados” cuyos nombres ahora veneramos.

El ejemplo de la película Deep Impact, en el que un estudiante de secundaria descubre el gran peñasco asesino en el cielo, no está tan lejos de la realidad. En ocasiones, se guardan los descubrimientos para sí, y crean máquinas del tiempo o cybogs femeninas con el cuerpo de Angelina Jolie. Y al final, acaban siendo reconocidos y fichados por universidades de prestigio.

Hace unos días tuvimos un ejemplo de ello. No, nada de cyborgs, lo siento. Un estudiante de trece años descubrió una forma más eficaz de orientar los paneles solares, dentro de un concurso organizado por el Museo Americano de Historia Natural. Por desgracia, el experimento resultó rana.  Pero no importa, porque aquí lo reciclamos todo.  Aprovecharemos para aprender algo de electricidad y método científico.

Les voy a hacer el resumen. Aidan Dwyer, estudiante de séptimo curso, ganó el Concurso para Jóvenes Naturalistas organizado por el Museo Americano de Historia Natural (he aquí el artículo original en inglés). El chaval notó que las hojas de los árboles siguen un patrón curioso, organizándose según la llamada secuencia de Fibonacci.  A continuación, se preguntó por qué ocurría tan curioso fenómeno. ¿Acaso esa disposición optimizaba la cantidad de luz solar que captaban los árboles? Y si era así, ¿podría comprobarlo experimentalmente?

Ni corto ni perezoso, Aidan construyó un “árbol” de prueba, con tubos de PVC, y pequeños paneles solares haciendo el papel de hojas. Para comparar, hizo un segundo panel solar, en el que los elementos de captación formando un ángulo de 45º con la horizontal, bastante similar a la disposición de los grandes “huertos solares.” Para comprobar la efectividad de ambos dispositivos, los apuntó en dirección sur y midió la tensión de salida con un voltímetro.

Los resultados arrojaron una victoria para el “árbol de Fibonacci,” que produjo un 20% más de electricidad que el estándar; en Diciembre, esa cifra llegó a un 50%. La explicación que postuló fue sencilla: la ordenación de ramas en los árboles, siguiendo la secuencia de Fibonacci, maximizaba la cantidad de luz que llegaba a las hojas a lo largo del día, reduciendo la sombra que se hacen unas a otras. En consecuencia, una cadena de paneles solares orientados de la misma forma deberían comportarse de la misma forma.

Toca ahora la crítica.

El primer problema yace en el lugar y tiempo del experimento. En las latitudes de Nueva York, similares a las españolas, el sol está bastante bajo en el horizonte durante el otoño. Eso significa que un panel solar orientado a 45º respecto a la horizontal captará bastante poca energía del sol. En ese sentido, una disposición de captadores a ángulos diversos puede resultar más eficaz, sencillamente porque forman ángulos diferentes, y si uno de ellos está a la sombra, otro puede estar apuntando directamente al sol. No creo que sea casualidad que en Diciembre, con el sol a una altura mínima del horizonte, el “panel solar de Fibonacci” alcance sus mejores resultados. Serían necesarios más experimentos, en otros momentos y latitudes, para poder sacar conclusiones válidas. Aun así, la idea es interesante y merece ser explorada con más detenimiento.

Pero el error principal de Aiden fue el de medir la cantidad equivocada.

Aquí me permitirán que haga un análogo hidráulico, que resulta muy útil a los profes de física. Si suponemos que una corriente eléctrica continua es como un curso de agua, la intensidad I (medida en amperios) sería análoga al caudal de agua, es decir, la cantidad de litros que fluyen por segundo. La tensión o voltaje V (en voltios) equivaldría a la caída de una cascada o un salto de agua.

Bien, pues resulta que el chico midió lo que se llama tensión en circuito abierto.  Tomó un voltímetro y midió la “caída del agua” V. El problema es que la potencia obtenida es igual a P=I*V.  La disposición de Fibonacci puede que de un mayor valor de V, pero la energía obtenida es proporcional a I, que a su vez depende de la intensidad de la luz que llega a la placa solar. Tampoco sabía que la tensión V de un panel solar es prácticamente constante e independiente de I, y está escogida de forma que la potencia generada sea máxima.

Se trata del típico fallo de medir la cantidad equivocada. Pero no abucheen al chaval.  Al contrario, hay que quitarse el sombrero ante su ingenio: observó la naturaleza a su alrededor, se hizo preguntas, intentó resolverlas mediante la literatura, y no contento con eso diseñó un experimento para salir de dudas. Que haya cometido un error experimental le resta mérito, pero no mucho. No será la última vez que suceda, incluso a grupos investigadores con presupuestos millonarios. El Museo que le concedió el premio, al saber del fallo, dictaminó no obstante que era merecedor del premio (aquí está la nota de prensa).

En mi modesta opinión, la decisión es correcta. Si hay que darle algún tirón de orejas, sería a los medios de comunicación y a su copypasteo indiscriminado. La noticia de un adolescente que, con su ingenio, vence a los ingenieros profesionales, es ciertamente atractiva para un reportero. Añádase el nombre del Museo Americano de Historia Natural, las palabras mágicas “secuencia de Fibonacci” y la habitual sequía informativa de Agosto, y ya tenemos un jugoso titular.

La noticia se diseminó prontamente por webs del calibre de Popular Science, Gizmodo o Slashdot, a la que siguió los comentarios de refutación (por ejemplo, este). En España, el diario ABC entró al trapo con dos artículos (uno y dos) en los que ponen a Aiden por las nubes, como poco menos que un segundo Edison. Si han publicado una rectificación, será en un rincón tan pequeño que no he podido encontrarlo.  Otros diarios de tirada nacional no incluyeron la noticia, aunque dudo que sea porque detectaron el error.

Dicen que errar es de sabios. El experimento del colector solar de Fibonacci nos demuestra que Aidan Dwyer es un sabio en potencia, y estoy seguro de que llegará lejos.  Cualidades no le faltan: dotes de observación, espíritu incrédulo, inconformismo, iniciativa.  Y una desbordante ilusión adolescente que espero nunca pierda.  Como él mismo nos dice al final de su artículo: “La mejor parte de lo que he aprendido es que, incluso en el día más oscuro del invierno, ¡la naturaleza sigue intentando contarnos sus secretos!”  Sobresaliente.