¿Cuál es la piscina más profunda del mundo?

Piscina Nemo 33. | Fuente imagen: Quo.

Se llama Nemo 33, tiene 33 metros de profundidad –se veía venir– y está en Bruselas (Bélgica). Dentro, cuenta con algunas cuevas, porque está pensada para entrenamiento de buceadores y espeleobuceadores. La zona con forma de tubo que ves en la foto tiene seis metros de diámetro, y la piscina completa alberga 2,5 millones de litros de agua. La obra, por su complicación, duró desde 2000 hasta el año 2008.

Artículo Recomendado: encontraréis otras trece llamativas preguntas en el artículo de QUO 14 preguntas muy curiosas.

¿Influyen las bacterias intestinales en nuestro humor?

Lactobacillus rhamnosus al microscopio. | Crédito imagen: Science.

Cada uno de nosotros lleva a cuestas una pesada carga microbiana de convecinos a la que llamamos microbioma. En efecto, nuestro cuerpo cuenta con hasta 100 billones de bacterias, de 10.000 tipos diferentes, que pueden llegar a pesar en conjunto hasta los 2 kilos (existen 9 bacterias por cada célula propia). Como véis, las personas escrupulosas que viven obsesionadas por la presencia de gérmenes deberían relajarse un poco.

Buena parte de las bacterias que conviven con nosotros se encuentran tapizando las paredes del intestino, y es precisamente en este lugar donde habita la curiosa bacteria benigna Lactobacillus rhamnosus. La conoceréis porque forma parte de buena parte de los alimentos llamados “probióticos” (los famosos yogures Bio, por ejemplo).

Los científicos, sabían que algunos patógenos influyen en la química del cerebro liberando toxinas o estimulando el sistema inmunológico, pero nunca habían comprobado si las bacterias intestinales beneficiosas lograban también influir en nuestro comportamiento y humor de algún modo.

Ahora, un reciente estudio realizado por científicos de la Universidad McMaster en Canadá, liderados por John Cryan de la irlandesa Universidad de Cork, sugiere que en efecto, las bacterias benignas tienen ese potencial.

En un trabajo realizado con ratones, los investigadores alimentaron a los roedorescon un caldo que contenía Lactobacillus para estudiar sus efectos secundarios, los cuales resultaron ser beneficiosos. Los ratones que se alimentaron con el Bio-caldo durante 6 semanas mostraron menos señales de estrés y ansiedad que los del grupo de control.

Según Cryan: “estos ratones pasaban más tiempo explorando los pasos estrechos elevados y los espacios abiertos, lugares que normalmente asustan a los roedores. También exhibieron puntas menores en los niveles de la hormona del estrés cuando se les introducía en agua”. En resumen: estaban más relajados.

En sus cerebros, los científicos descubrieron cambios en la actividad de los genes que codifican ciertas partes de los receptores de los neurotransmisores GABA. Estos neurotransmisores sirven para relajar la actividad neuronal, y muchos de los fármacos que se usan para tratar los trastornos de ansiedad actúan sobre sus receptores. Ninguno de estos efectos se vieron en los ratones que no fueron alimentados con caldo enriquecido con Lactobacillus.

Los cambios en los receptores GABA y los efectos ansiolíticos desparecían cuando los investigadores cortaban el nervio vago antes de empezar a alimentar a los ratones con bacterias. Este nervio es un conductor de información de suma importancia entre el intestino y el cerebro, por lo que el experimento demostró que para que los efectos del L. rhamnosus fueran perceptibles en el cerebro, el nervio debía permanecer intacto.

¿Cómo influye la bacteria en la química cerebral? Eso es algo que aún debe dilucidarse, pero lo que parece claro es que regulando la microbioma se puede alterar el estado emocional de los ratones. Este hallazgo abre la posibilidad de usar alimentos probióticos para tratar los trastornos de humor en las personas, aunque lógicamente (y como siempre en estos casos) debemos recordar que el hecho de que funcione en ratones no tiene por qué significar que se puedan extrapolar los resultados a los humanos, cuyo comportamiento emocional es mucho más complejo.

El trabajo de estos investigadores se ha publicado en el Proceedings of the National Academy of Sciences. Me enteré leyendo Science.

Pirámides y extraterrestres… ¿Pa qué?

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Vía @AlbertoFersie

El correcto experimento fallido de Aidan Dwyer

Aidan Dwyer

Dentro del mundo de la ciencia existe una tribu que podemos llamar “aficionados al poder”. El miembro típico destila amor a la ciencia y la convierte en su hobby, científico de vocación, que no de profesión. Los astrónomos aficionados, que apuntan sus telescopios al cielo nocturno por pura ilusión, han hecho muchos descubrimientos relativos a cometas, lluvias de meteoritos o estudio de supernovas, por nombrar algunos. Casi cada rama de la ciencia tiene sus aficionados, especie de tropas auxiliares que a veces llegan donde los legionarios no pueden.

No se dejen engañar por el epíteto de “aficionados”. Ello no significa que sean unos pringadillos que no tienen ni idea. Por el contrario, algunos son unos verdaderos expertos en su campo. El término aficionado significa, sencillamente, que no son profesionales contratados, que no viven de ello. Si echamos un vistazo a la física de los siglos XVIII y XIX, nos sorprendería la cantidad de científicos “aficionados” cuyos nombres ahora veneramos.

El ejemplo de la película Deep Impact, en el que un estudiante de secundaria descubre el gran peñasco asesino en el cielo, no está tan lejos de la realidad. En ocasiones, se guardan los descubrimientos para sí, y crean máquinas del tiempo o cybogs femeninas con el cuerpo de Angelina Jolie. Y al final, acaban siendo reconocidos y fichados por universidades de prestigio.

Hace unos días tuvimos un ejemplo de ello. No, nada de cyborgs, lo siento. Un estudiante de trece años descubrió una forma más eficaz de orientar los paneles solares, dentro de un concurso organizado por el Museo Americano de Historia Natural. Por desgracia, el experimento resultó rana.  Pero no importa, porque aquí lo reciclamos todo.  Aprovecharemos para aprender algo de electricidad y método científico.

Les voy a hacer el resumen. Aidan Dwyer, estudiante de séptimo curso, ganó el Concurso para Jóvenes Naturalistas organizado por el Museo Americano de Historia Natural (he aquí el artículo original en inglés). El chaval notó que las hojas de los árboles siguen un patrón curioso, organizándose según la llamada secuencia de Fibonacci.  A continuación, se preguntó por qué ocurría tan curioso fenómeno. ¿Acaso esa disposición optimizaba la cantidad de luz solar que captaban los árboles? Y si era así, ¿podría comprobarlo experimentalmente?

Ni corto ni perezoso, Aidan construyó un “árbol” de prueba, con tubos de PVC, y pequeños paneles solares haciendo el papel de hojas. Para comparar, hizo un segundo panel solar, en el que los elementos de captación formando un ángulo de 45º con la horizontal, bastante similar a la disposición de los grandes “huertos solares.” Para comprobar la efectividad de ambos dispositivos, los apuntó en dirección sur y midió la tensión de salida con un voltímetro.

Los resultados arrojaron una victoria para el “árbol de Fibonacci,” que produjo un 20% más de electricidad que el estándar; en Diciembre, esa cifra llegó a un 50%. La explicación que postuló fue sencilla: la ordenación de ramas en los árboles, siguiendo la secuencia de Fibonacci, maximizaba la cantidad de luz que llegaba a las hojas a lo largo del día, reduciendo la sombra que se hacen unas a otras. En consecuencia, una cadena de paneles solares orientados de la misma forma deberían comportarse de la misma forma.

Toca ahora la crítica.

El primer problema yace en el lugar y tiempo del experimento. En las latitudes de Nueva York, similares a las españolas, el sol está bastante bajo en el horizonte durante el otoño. Eso significa que un panel solar orientado a 45º respecto a la horizontal captará bastante poca energía del sol. En ese sentido, una disposición de captadores a ángulos diversos puede resultar más eficaz, sencillamente porque forman ángulos diferentes, y si uno de ellos está a la sombra, otro puede estar apuntando directamente al sol. No creo que sea casualidad que en Diciembre, con el sol a una altura mínima del horizonte, el “panel solar de Fibonacci” alcance sus mejores resultados. Serían necesarios más experimentos, en otros momentos y latitudes, para poder sacar conclusiones válidas. Aun así, la idea es interesante y merece ser explorada con más detenimiento.

Pero el error principal de Aiden fue el de medir la cantidad equivocada.

Aquí me permitirán que haga un análogo hidráulico, que resulta muy útil a los profes de física. Si suponemos que una corriente eléctrica continua es como un curso de agua, la intensidad I (medida en amperios) sería análoga al caudal de agua, es decir, la cantidad de litros que fluyen por segundo. La tensión o voltaje V (en voltios) equivaldría a la caída de una cascada o un salto de agua.

Bien, pues resulta que el chico midió lo que se llama tensión en circuito abierto.  Tomó un voltímetro y midió la “caída del agua” V. El problema es que la potencia obtenida es igual a P=I*V.  La disposición de Fibonacci puede que de un mayor valor de V, pero la energía obtenida es proporcional a I, que a su vez depende de la intensidad de la luz que llega a la placa solar. Tampoco sabía que la tensión V de un panel solar es prácticamente constante e independiente de I, y está escogida de forma que la potencia generada sea máxima.

Se trata del típico fallo de medir la cantidad equivocada. Pero no abucheen al chaval.  Al contrario, hay que quitarse el sombrero ante su ingenio: observó la naturaleza a su alrededor, se hizo preguntas, intentó resolverlas mediante la literatura, y no contento con eso diseñó un experimento para salir de dudas. Que haya cometido un error experimental le resta mérito, pero no mucho. No será la última vez que suceda, incluso a grupos investigadores con presupuestos millonarios. El Museo que le concedió el premio, al saber del fallo, dictaminó no obstante que era merecedor del premio (aquí está la nota de prensa).

En mi modesta opinión, la decisión es correcta. Si hay que darle algún tirón de orejas, sería a los medios de comunicación y a su copypasteo indiscriminado. La noticia de un adolescente que, con su ingenio, vence a los ingenieros profesionales, es ciertamente atractiva para un reportero. Añádase el nombre del Museo Americano de Historia Natural, las palabras mágicas “secuencia de Fibonacci” y la habitual sequía informativa de Agosto, y ya tenemos un jugoso titular.

La noticia se diseminó prontamente por webs del calibre de Popular Science, Gizmodo o Slashdot, a la que siguió los comentarios de refutación (por ejemplo, este). En España, el diario ABC entró al trapo con dos artículos (uno y dos) en los que ponen a Aiden por las nubes, como poco menos que un segundo Edison. Si han publicado una rectificación, será en un rincón tan pequeño que no he podido encontrarlo.  Otros diarios de tirada nacional no incluyeron la noticia, aunque dudo que sea porque detectaron el error.

Dicen que errar es de sabios. El experimento del colector solar de Fibonacci nos demuestra que Aidan Dwyer es un sabio en potencia, y estoy seguro de que llegará lejos.  Cualidades no le faltan: dotes de observación, espíritu incrédulo, inconformismo, iniciativa.  Y una desbordante ilusión adolescente que espero nunca pierda.  Como él mismo nos dice al final de su artículo: “La mejor parte de lo que he aprendido es que, incluso en el día más oscuro del invierno, ¡la naturaleza sigue intentando contarnos sus secretos!”  Sobresaliente.

Rob Spence, échale un ojo al cyborg

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El cineasta canadiense Rob Spence es – hoy por hoy – el único ser humano que puede sacarse un ojo y verse con él. ¿Cómo es posible? La respuesta está en la técnología. Siendo niño, Spence perdió un ojo en un accidente, y en 2009 decidió convertirse en un “eyeborg” (no me hagáis traducir el juego de palabras entre ojo y cyborg) diseñando una videocámara que encajase en su cuenca vacía.

No da tanto miedo como Termninator, pero lo cierto es que cuando este “popeye” moderno se coloca su ojo protésico (que no está conectado al cerebro, sino a un aparato electrónico con pantalla incorporada desde la que cualquiera pueda ver lo que el ojo ve) da un poco de repelús. Obviamente, de momento el artilugio no le sirve de mucho a la hora de suplir su discapacidad visual (salvo, tal vez, para ponerlo en la estantería y afeitarse sin espejos) pero antes de llegar a la mano biónica que le implantan a Luke Skywalker hay que empezar por algún lado ¿no?

Además del vacile hi-tech que se debe de pegar Spence cuando se transforma en “eyeborg” (según él, el ojo digital le sirve para para grabar documentales desde un punto de vista más humano) lo cierto es que el dispositivo podría tener su utilidad en el colectivo de tuertos amenazados de muerte (si es que existe tal colectivo), ya que si algún día alguien intenta asesinarles cara a cara, el ojo podría grabarle a la policía una pista facilona sobre la autoría del crimen.

Un buen argumento para una película de serie b ¿verdad? Por cierto. ¿Le traerá a Spence al pairo la primera parte de la ley del Talión?

Lo vi en Petapixel.

Cómo fabricar dedales en el fondo del mar

El 71% de nuestro planeta azul está cubierto por agua salada. Se trata de un manto de fondo irregular que alcanza, en su mayor parte, más de 4000 m de profundidad. Esto significa que el océano abisal que se extiende a partir de este punto (su nombre es de origen griego y significa “sin fondo”, como “abismo”) es, sin competencia, el mayor ecosistema de la tierra. Sin embargo, es también uno de los más desconocidos.

Según contaban los oceanógrafos de la Expedición Malaspina, sabemos menos sobre el fondo del océano que sobre la superficie de la Luna. Y no es de extrañar, ya que llegar hasta allí resulta casi tan difícil y requiere las mismas inversiones astronómicas (o abisales, en este caso) que la carrera espacial: solo que en este caso, los ingenieros han de enfrentarse a las tremendas presiones (de 100 atmósferas por cada mil metros), las bajas temperaturas y la total oscuridad en lugar del vacío espacial o la ausencia de gravedad. Pocos países tiene la capacidad tecnológica para llevar a cabo semejante empresa. Tanto es así que, hasta la fecha, sólo un sumergible tripulado ha sido capaz de alcanzar el fondo del Abismo Challenger, por ejemplo: 9 años antes de que el hombre pisara la Luna, Jacques Piccard y Don Walsh a bordo del batiscafo suizo Trieste se sumergieron 10.911 m en la Fosa de las Marianas, un récord todavía no superado. Quizás no lograron la popularidad de Armstrong y Aldrin, pero eso es sólo porque aún no se han escrito teorías conspiranoicas sobre su hazaña (crucemos los dedos).

Con todo, aunque no podamos viajar hasta allí, el fondo del océano sí tiene una ventaja sobre la superficie de nuestro satélite y es que, si bien es imposible lanzar una cometa para que nos traiga rocas de la Luna, sí existen aparatos científicos como la roseta que, pendientes de un cable, son capaces de sumergirse en el océano abisal y traernos muestras de ese mundo desconocido. En ello se basa el estudio del océano profundo llevada a cabo por los científicos de la Expedición Malaspina: gracias a sus redes, botellas y sensores, han sido capaces de rescatar organismos de apariencia alienígena, agua cargada de bacterias desconocidas, pequeñas pistas e instantáneas de un mundo tan distinto a este, sí, como la superficie de la Luna.

¿Y qué tiene que ver todo esto con los dedales? Pues bien: mientras los biólogos y ambientólogos del Hespérides tenían bastante que indagar en sus muestras de agua, Elena Tel, una de los físicos de la expedición, ideó una manera de ejemplificar y explicar a sus compañeros las grandes presiones que soportan los seres abisales: para ello, compró un montón de vasos de poliestireno expandido, (los que se suelen utilizar para beber café) y los metió en una red atada a la roseta. El poliestireno es ese material plástico con burbujitas blancas que se utiliza en todo tipo de embalajes (también conocido como porexpán o corcho blanco). Debe su ligereza al gas que forma esas burbujas. Muchos habréis visto cómo este material parece desaparecer cuando se lo disuelve en acetona: el gas que contiene se libera revelando el verdadero volumen del porexpán desinflado. Pues bien, lo mismo sucede cuando se lo somete a altas presiones como las que soporta la roseta en el océano a más de 4000 m de profundidad: las burbujas se desinflan y cada vaso reduce paulatinamente su tamaño hasta convertirse en apenas un dedal. Si además viaja a bordo un artistazo como Luis Resines (el autor del cómic de la Expedición Malaspina), el experimento dará lugar a resultados tan variopintos como los de las imágenes. Un bonito recuerdo de uno de los pocos rincones de este planeta que aún quedan por explorar.

Sigue en directo el streaming de #TestimoniosFuturo en la Isla San Simón

El encuentro Testimonios del Futuro, que se celebra en San Simón, la Isla del Pensamiento, entre los días 26 y 28 de agosto, reúne en este archipiélago de la ría de Vigo a un grupo formado por algunos de los divulgadores científicos más relevantes del panorama español.

El objetivo es establecer un debate al más alto nivel sobre la percepción y la predicción del futuro tecnológico, ecológico, climático, demográfico, energético, genético… ¿Cómo puede afectar internet a las universidades, al trabajo, a la medicina?, ¿Somos conscientes o culpables, o responsables?, ¿Cómo se manifiesta el futuro? ¿Cómo sabemos si ha llegado?… Son algunas de las preguntas a las que trataremos de dar respuesta.

El encuentro está siendo retransmitido por streaming a través del canal San Simón TV, al que se puede acceder a través de la página web de la Fundación Illa de San Simón. También se realizará un completo seguimiento en Twitter, desde la cuenta @illasansimon y con el hastag #TestimoniosFuturo.

La carrera espacial de Ferrari

En 2003 se lanzó la sonda Mars Express, cuyo objetivo era el estudio de la órbita de Marte. Fue lanzado por la Agencia Espacial Europea y su objetivo era estudiar la atmósfera y la superficie del Planeta Rojo, y buscaba esclarecer el misterio del agua en Marte. De paso, también se focalizaron esfuerzos en la observación del Olympus Mons, supuestamente el mayor volcán del Sistema Solar. Es la primera tentativa de la Agencia Europea de explorar un planeta del Sistema Solar. El fin de la misión está programado para 2014.

Pero bueno, ¿qué pinta aquí Ferrari? Pues que la escudería italiana embarcó en la Mars Express una pequeña muestra de la pintura rosso corsa, la cual es un pigmento típico de sus vehículos comerciales y monoplazas de Formula1. En las siguientes fotos se puede ver una muestra de lo que se envío al espacio y su placa explicativa.

Aquí entra parte del mito sobre el equipo. Para empezar, sí, hay colores que son “rojo Ferrari”, pero no un único rojo. Algunos de los colores que ha usado la Scuderia se pueden ver en la siguiente tabla.

Como se puede ver, hay más de un rojo. La leyenda urbana típica sobre este color es que los italianos compraron una franja del espectro de luz y a esa franja la llamaron rojo Ferrari!! Nada más lejos de la realidad. Las tonalidades de los equipos de carreras fueron recomendadas entre las dos guerras mundiales por el organismo que posteriormente se denominó FIA. Aquí se puede ver los colores asignados. Como se puede ver, no ha habido exclusividad en el uso del rosso corsa.

Para poder conseguirlo digitalmente, se podría considerar que el rosso corsa en código hexadecimal es D40000 y en código RGB, 212, 0, 0.

Actualmente, los colores de las escuderías varían ligeramente muchos años. Eso depende de la armonía de los colores de los patrocinadores y del propio equipo, o de cómo tratan la luz las cámaras de televisión, etc. En el caso que nos ocupa, Ferrari ha oscurecido ligeramente el coche de Alonso y Massa respecto al año pasado.

Volviendo a la Mars Express, su historia no tiene nada que envidiar a los entresijos del mundo de la automoción. Para empezar, esta sonda se bautizó como Express por los cortos plazos de desarrollo y coge prestada tecnología de la misión fallida Mars96 y de Rosetta (esta misión ahora se dirige hacia el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko).

La Mars Express fue una exposición de artística, ya que además del pigmento estaba programada que la señal de llegada a Marte fuera una canción compuesta por la banda de rock Blur (formada por Damon Albarn, Alex James y Dave Rowntree). Y por si fuera poco, otro artista británico, Damien Hirst, diseñó una paleta de colores que permitiría a la cámara de la sonda calibrar los tonos de Marte. Todo esto estaba programado para cuando la nave aterrizara en el Planeta Rojo.

La Mars Express tenía un módulo de aterrizaje denominado Beagle2, el cual tenía que haber aterrizado en el Planeta Rojo el 19 de diciembre de 2003, y en ella iban las 3 expresiones artísticas aquí explicadas. Sin embargo, nunca hubo constancia de que este módulo aterrizara en la superficie del planeta, ya que se perdió la comunicación, y tras varios intentos de restablecerla, el 6 de febrero de 2004 la ESA dio el Beagle2 oficialmente por desaparecido.

El día que vi al Discovery de cerca

No todos los días se puede contemplar una nave espacial auténtica a pocos metros de distancia sin entrar en un museo. Y no hablamos de una nave cualquiera, sino de la mítica lanzadera Discovery, nada más y nada menos. También conocida como OV-103, el Discovery voló al espacio en 39 ocasiones durante sus 27 años de servicio (1984-2011), transportando a 252 personas y acumulando en el proceso casi un año de permanencia en órbita. Toda una leyenda de la exploración espacial, vamos.

Un servidor frente al VAB en el Centro Espacial Kennedy (Florida)

El caso es que no es nada fácil acercarse a uno de estos cacharros. Más bien es prácticamente imposible. Entre misión y misión, normalmente se guardaban celosamente dentro de unos edificios especiales denominados OPF (Orbiter Processing Facility),situados en el Centro Espacial Kennedy de Florida. Sin embargo, por lo general sólo hay espacio para dos lanzaderas dentro de los OPF. Tras la última misión del transbordador, la STS-135 Atlantis, había que dejar sitio para sus hermanos y se decidió mover el Discovery hasta el cercano VAB (Vehicle Assembly Building) para hacer hueco.

Si sabes lo que es el VAB, entonces enhorabuena: sin duda eres un espaciotrastornado en toda regla. Si no tienes ni idea, sólo te diré que es uno de los edificios más grandes del mundo y todo un símbolo de la conquista del espacio. En su interior se montaron los gigantescos cohetes Saturno V de las misiones Apolo y se prepararon todas y cada una de las 135 misiones del transbordador espacial. Ahí es nada. Leer más »

Mala ciencia… y mal periodismo: ¡Periodistas, lean el libro de Ben Goldacre!

Por fin ha llegado a mis manos (y el tiempo necesario para leerlo y escribir sobre él con calma) el libro Mala ciencia, de Ben Goldacre. Este psiquiatra y periodista científico (se le puede seguir en varios medios británicos, en su blog o en Twitter @bengoldacre) es en su país el azote de eso, la mala ciencia. La de las pseudociencias, sí, pero también la de las malas praxis profesionales de los científicos, las empresas farmacéuticas y los medios de comunicación.

Lo bueno del libro, entre otras cuestiones, es que reparte estopa a unos y a otros, con una fina ironía al más puro estilo de la famosa flema británica. Ya no vale eso de, “claro, ataca a la homeopatía porque está vendido a las farmacéuticas”, ni falacias del tipo “las compañías farmacéuticas nos engañan, ergo, la homeopatía es buena”. Goldacre da caña a todos. Me recuerda mucho al libro Ciencia o Vudú, de Robert L. Park, que también recomiendo leer

Antonio Martínez Ron (@aberron) habló en su día del libro, así que me detendré en algunos aspectos que considero relevantes como periodista. Para empezar, creo que debería ser de obligada lectura para cualquier periodista. Cualquiera, los especializados, y en especial los periodistas generalistas que en algún momento tienen que cubrir información científica, así como los redactores jefes y los directores de medios que deciden lo que se publica y lo que no. Las probabilidades de que en los medios aparecieran más y mejores artículos de ciencia aumentarían.

Vale, el libro puede parecer algo largo, demasiado exhaustivo y profuso, con ejemplos de Reino Unido desconocidos en España, una colección de las obsesiones de Goldacre. Pero claro, a tenor de lo descrito es normal esta obsesión: homeópatas, nutricionistas, empresas farmacéuticas y demás hierbas hacen y deshacen a sus anchas, y los medios de comunicación a su servicio. Una de las muchas “parajodas” de la actual época: mientras un buen profesional como Goldacre sigue pagando la hipoteca de su sencillo apartamento, los charlatanes mediáticos viven en lujosas mansiones, y cuentan con potentes armas publicitarias, mediáticas y legales para acongojar a cualquiera que ose criticarles. Qué más da si venden fraude. El dinero y la telegenia se han hecho más fuertes que la verdad. La prioridad son los beneficios, no las personas.

Eh, entonces no, que soy un periodista con poco tiempo. En este caso, recomiendo el capítulo 12, dedicado a los periodistas, el 14 sobre la mala estadística (que hará las delicias de Josu Mezo – Malaprensa), y el 15, sobre cómo no hay que cubrir una “noticia” (el caso de la vacuna triple vírica), y la importancia de contar con periodistas especializados en ciencia.

Pero sería una pena perderse los demás capítulos, porque a lo largo del libro se encuentran menciones a los medios y los periodistas, otra de las obsesiones de Goldacre. Normal, es consciente de su importancia y poder, y se desespera cuándo no lo hacemos bien. Los medios y los periodistas tenemos mucha culpa del auge de la mala ciencia. Nos hemos vuelto escaparates publicitarios y altavoces de esta gente.

Y es que si queremos llegar a la sociedad, los medios de comunicación siguen siendo la mejor opción, nos guste o no. Si no, seguiremos auto-marginándonos, llegando a una minoría de “frikis” o cerebritos que ya son fans de la ciencia, y a los que ya tenemos ganados.

Supongo que por todo ello, les-nos dedica varios pullazos a lo largo del libro, como “seguiré leyendo blogs y no periódicos para informarme bien de ciencia”. Y frases memorables que deberían incluirse en los manuales de periodismo científico, como “las páginas de análisis y conclusiones de la parte final (de los artículos de investigación) son como las páginas de opinión de un periódico, no es en ellas donde ustedes se informan de las noticias del día.”

También sugiere que el formato noticias de los medios no casa bien con la ciencia, en especial con la salud. Habría que matizar que sí hay noticias en ciencia, pero al igual que en otras secciones, también hay mucha morralla que acabamos publicando, y ésta sería la que tendríamos que desterrar. Y desde luego, tendríamos que dar más cabida a formatos como el reportaje o la entrevista, o críticas de libros de ciencia, que también es cultura.

El libro ha tenido la suerte de caer en manos de @aberron, como decía, que lo ha promocionado en un blog, y ha entrevistado al propio Goldacre, que por supuesto también recomiendo leer. Goldacre comenta que publicará el año que viene un libro sobre la industria farmacéutica. Habrá que estar atentos.

En fin, que ya no voy a discutir con nadie que defienda la homeopatía o la medicina alternativa. Directamente le voy a decir que se lea el libro de Goldacre.