El telescopio gigante que acabó en la chatarra

El gran telescopio. Grabado en Caras y Caretas (1900) | Fuente: Biblioteca Nacional de España

Esta es la historia de una máquina, un monstruo metálico que fue concebido casi como una broma, se llevó por delante un presupuesto nada desdeñable y, tras varios meses de gloria siendo objeto de admiración por parte de medio mundo, terminó sus días como vulgar chatarra. Una pena, ciertamente, porque aunque el gran telescopio de la Exposición Universal de 1900 fuera un fiasco, sólo por su tamaño y su original concepción, merecía un destino más amable.

Celebrada en París, entre el 15 de abril y el 12 de noviembre del último año del siglo XIX, la Exposición reunía todo tipo de sobresalientes obras de arte, edificios singulares que gritaban a los visitantes acerca de las bondades de los países que se habían encargado de su construcción y, además, entre una gigantesca esfera celeste y una noria que,  según decían, contaba con un diámetro de cien metros y que pasó a mejor vida a finales de los años treinta sel pasado siglo, había un artilugio que llamaba especialmente la atención.

El gran telescopio instalado en el Palacio de la Óptica | Fuente: Wikipedia

Era el telescopio con el que podría verse la Luna a un metro, la maravilla que permitiría descubrir si nuestro satélite, Marte o Venus se hallaban habitados, un genialidad que, a pesar de todas estas promesas que se repetían una y otra vez en la prensa de la época, no pasó de simple armatoste capaz de dejar con la boca abierta a cualquiera.

No se sabe realmente cómo surgió la idea pero, de forma misteriosa, el 9 de julio de 1892, aparecieron en diversos periódicos franceses noticias acerca del ofrecimiento de un diputado, que atendía al nombre de François Deloncle, para promover la construcción del mayor telescopio jamás visto hasta entonces, destinado a la Exposición de 1900. Algo raro debió suceder, porque las palabras que, se supone, pronunció el político en una reunión de industriales y empresarios, nunca salieron de su boca.

Vale, al menos eso es lo que Deloncle afirmó, pero la “bola” creció sin medida en la prensa, admirada por la osadía del diputado y, lo que a buen seguro era una broma lanzada contra el político, se convirtió en realidad sin apenas pretenderlo. La cosa tenía su gracia, Deloncle, cansado de que todos le atribuyeran la idea del telescopio gigante, decidió pasar a la acción para reírse del autor de la broma y, sin miramientos, optó por la solución más arriesgada: construir el engendro. Hay quien piensa que el bueno de François realmente pronunció su discurso con megatelescopio de por medio, pero que se sintió arrepentido de su osadía y se negó a sí mismo… ¡hasta que la prensa le hizo ver que la idea era aceptada por el público!

Pasaron años buscando patrocinios, buenos artesanos e ingenieros, ópticos e industriales, y finalmente algo excepcional habitó el interior del Palacio de la Óptica en la Exposición. En el diseño del gran telescopio se tomaron muchas decisiones singulares. Dada la complejidad para construir un telescopio reflector, se optó por dar vida a uno refractor. Así, con forma de “anteojo” monumental, se dio forma a un tubo de sesenta metros de longitud con dos lentes en sus extremos. Nada más sencillo, ahora bien, ¡sesenta metros!

Es difícil de imaginar, como también es complicado hacerse una idea de su objetivo principal, con 1,25 metros de diámetro, intercambiable con otro para tomas fotográficas. Para cambiar de objetivo era necesario emplear un sistema de raíles a modo de pequeño ferrocarril en el que, en vez de cambiar vagones, se alternaba el uso de los gigantescos cilindros ópticos y el equipo de fotografía. Con una distancia focal de 57 metros, el telescopio montado en horizontal era incapaz de movimiento alguno al encontrarse limitado por la estructura del palacio.

Se ideó, para su posterior puesta en acción después de la Exposición, toda una cúpula gigante de 64 metros de diámetro, capaz de girar a 16 metros por hora para permitir seguir la marcha de los astros. Por supuesto, nada de eso se llevó a cabo porque si milagroso fue lograr capital para construir el gran tubo, nadie parecía dispuesto a ir más allá. La luz de los astros era dirigida a hacia el objetivo por medio de un siderostato de Foucault, esto es, un sistema móvil con un espejo de dos metros de diámetro montado sobre una especie de trípode gigante.

Y poco más hay que decir porque, imaginemos: problemas de alineación, aberraciones cromáticas, deformaciones de todo tipo, sin duda todo era una pesadilla en la práctica a pesar de que los cálculos permitían soñar con una máquina realmente funcional. Pasar del papel a la realidad fue algo realmente complejo. ¿Cómo construir lentes de 1,25 metros de diámetro a finales del siglo XIX? El tamaño fue limitado por el propio maestro óptico al que se le encargó la tarea, por otra parte el único que podía llevar a cabo el trabajo por entonces. Se trataba de Édouard Mantois, afamado industrial de París, que también alumbró en sus hornos el objetivo de 1,05 metros del Observatorio Yerkes de Chicago.

Los trabajos para conformar las lentes duraron tres meses hasta que se pudo contar con un bloque de vidrio lo suficientemente grande que pasó más tarde a ser cortado y pulido cuidadosamente. Finalmente, tras mucha dedicación y una factura muy abultada, las cuatro lentes necesarias estaban listas. Más tarde fue encargado de acomodar las lentes al telescopio, y también de alinear y pulir de forma precisa el espejo del siderostado, en tarea de ardua precisión, el Señor Gautier, de la Oficina de Longitudes y Medidas.

El tubo de 60 metros | Fuente: Wikipedia

El tubo constaba de una serie de cilindros unidos entre sí, fijados a siete grandes pilares de hormigón. El eje del conjunto se elevaba sobre el suelo del Palacio de la Óptica siete metros, hallando cobijo el sistema de objetivos móviles y el siderostato, con su armadura móvil de más de 22 toneladas de hierro fundido, en cúpulas situadas en los extremos del edificio. Durante su escaso tiempo de vida se realizaron con el gran telescopio, entre otras, algunas observaciones astronómicas del Sol y la superficie lunar, pero no se conocen datos precisos acerca de lo que podía llegar a ser capaz el artilugio, más allá de lo problemático de su manejo. Se estimaba que la imagen lunar, no iba a alcanzar el tan socorrido “la Luna a un metro”, como decían los periódicos, pero sí se pensaba que, empleando oculares auxiliares capaces de amplificar diez veces los 56 centímetros de diámetro que presumiblemente proporcionaba el telescopio como estampa de la Luna, se podría ver nuestro satélite como si a 60 kilómetros de distancia de su rocosa superficie nos encontráramos. En cuanto a los “aumentos” que era posible lograr con este monstruo, se hablaba de entre 6.000 y 10.000, cosa que tampoco fue aclarada nunca.

Terminada la exposición, con el consorcio que en 1886 se había organizado para construir el telescopio en quiebra y sin esperanza de encontrar un destino adecuado para la bestia de acero, cabe imaginar que sólo un camino era posible. En la prensa se comentó con cierta insistencia que el Observatorio del Vaticano estaba interesado en adquirirlo, pero nunca se llegó a un acuerdo. El gran telescopio de la Exposición de París de 1900, el más grande de los telescopios refractores jamás construido, fue desmantelado y vendido pocos años después como chatarra. Hoy perduran algunas piezas, como el espejo de dos metros que puede contemplarse en el Observatorio de París. Desde que se decidió enviar al telescopio a tan poco honorable fin, lo que habían sido elogios y buenas palabras por parte de la prensa y de muchos políticos, se convirtió en motivo de chanza. Poco recordaban que, más allá de ser ideado como verdadero instrumento científico, el gran telescopio tuvo buena fortuna mostrando los avances de la industria óptica de la época a las miles de personas que se acercaron a contemplarlo asombradas.

Más información: Wikipedia – Great Paris Exhibition Telescope of 1900

Madrid Científico, publicó en dos de sus números del año 1900 un amplio artículo sobre el gran telescopio que merece la pena leer: Número 313 | Número 314

8 comentarios | Responde | Suscríbete

  • Sergio L. PalaciosSergio L. Palacios el 21 de julio, 2010 | Responder 1

    Excelente artículo. Me recuerda la triste historia de otro coloso de principios del siglo XX: el Titanic.

    Sin embargo, tengo una duda. ¿Cómo es posible que no se supiera el número de aumentos del telescopio? ¿No se conocían las distancias focales de los oculares que se empleaban? En el artículo se dice que la distancia focal del objetivo es de 57 metros y las leyes elementales de la óptica nos dicen que el aumento es simplemente el cociente entre la distancia focal del objetivo y la del ocular (el diámetro de la lente es irrelevante). Así pues, para conseguir entre 6.000 y 10.000 aumentos, se requerirían oculares cuyas distancias focales estuviesen comprendidas entre 9,5 mm y 5,7 mm. No sé si la tecnología de la época hubiese permitido llegar a esta precisión…

  • alpomaalpoma el 21 de julio, 2010 | Responder 2

    Sergio, has de notar que todos esos datos, a mi entender, tenían más de fantasía que otra cosa, por mucho que fuera Madrid Científico quien lo diera a conocer. La máquina, el monstruo, era más un objeto promocional que un instrumento científico práctico, por lo que realmente nunca se llegó a saber lo que pudo haber dado de sí. :-)

  • AkeruAkeru el 21 de julio, 2010 | Responder 3

    Estupendo artículo. Muy interesante la historia y una lástima el final del telescopio.

  • MilhaudMilhaud el 21 de julio, 2010 | Responder 4

    Puede ser que en la Exposicion Universal de París de 1900 no se construyera algo tan emblemático como la Torre Eiffel, pero las construcciones a lo largo de París fueron excesivamente ostentosas.

    No sólo este gran telescopio, si no la Gare du Lyon, la Gare d’Orsay (actualmente uno de los museos más importantes de París), Grand Palais y Petit Palais, y hasta el metro comenzó a funcionar para aquella exposición.

    Es como si la presión del éxito de la Exposición Universal de 1889 les hubiera llevado a construir con el único objetivo de superarla con creces, dejandonos maravillas como los edifios mencionados antes, o muchas otras como estas que cayeron en el más absoluto olvido.

    Gran artículo.

  • CendreroCendrero el 21 de julio, 2010 | Responder 5

    Un artículo muy en tu línea Alpoma, una curiosa historia. Un gran proyecto, pero se quedó atascado en el tiempo. Como bien dices, parece más una atracción pasajera que un verdadero objeto científico. Eso sí, si yo hubiera vivido en esa época no me lo habría perdido.

    PD: Por si acaso alguien no encontraba los artículos sobre el telescopio en “Madrid Científico” (a mí me ha pasado al principio, no los veía por ningún lado…), en el número 313 se localiza en la página 137, donde empieza con el título “Un anteojo gigantesco”. En el número 314 se encuentra en la página 144 con el mismo título. Os aseguro que al principio yo no los encontraba ;)

  • EstherEsther el 21 de julio, 2010 | Responder 6

    Tal como dice Sergio, a mi también me ha evocado el Titanic…y el libro Noticia Bomba de Evelyn Waugh, por eso de liarla grande de la nada…entre este proyecto bastante surrealista y los proyectos que se empeñan en llevar a cabo los políticos de hoy día, pues…
    Excelente artículo, Alejandro, como siempre y felicidades por esta colaboración :-)

  • Alberto NavarroAlberto Navarro el 21 de julio, 2010 | Responder 7

    Muy interesante el artículo, una grandiosa pena para tan grandiosa hazaña en esa época, pero bueno, el ser humano es lo que tiene…

  • masmenosmasmenos el 23 de julio, 2010 | Responder 8

    Muy bueno. El tema me recuerda a lo a un libro recomendable: Ciencia e innovación, donde se muestra la diferencia entre proyectos enormes de telescopios, y la unión de muchos esfuerzos individuales con telescopios digitales. También un poco al tema de los dirigbles frente a los aviones: los dirigibles, supeditados a la voluntad de los grandes Estados, con planes mastodónticos y ambiciones de mostrar el poderio de las naciones sucumbieron ante el dinamismo de emprendedores que buscaban en el avión fama y gloria…

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